miércoles, 28 de octubre de 2009

73ª Historia Asesina - “Labios rojos”

A la que comparte esos vasos vacíos conmigo.

—Ma, mañana a la tarde viene Alexis a tomar mates —dijo la quinceañera Laura a su mamá.
—Bueno, dale, no hay problema —respondió ella.

Alexis se había vuelto un tema recurrente de conversación en la familia. Laura lo nombraba a menudo, junto con sus relatos sobre María y Silvia, sus mejores amigas. De hecho, no era la primera vez que Alexis se aparecía por la casa de la familia Arenas, aunque había una pequeña novedad: Alexis venía solo sin María y Silvia como había sido todas las otras veces.

La primera vez que apareció en aquella casa fue un fin de semana de octubre con la excusa de hacer un trabajo para el colegio en el que compartían curso y clases. Desde entonces el joven Alexis se había hecho una visita frecuente, pero siempre con María y Silvia haciendo compañía.

Cerca de las tres y media de la tarde apareció el joven Alexis en la casa de los Arenas. Alexis era un muchachito simple, menudo y sobretodo tímido. No emitía palabras a menos de que fuera totalmente necesario, y siempre se refería a los padres de Laura tratándolos de usted, a pesar de que había bastante confianza para el tuteo. Cuando Alexis entró a la casa con la compañía de Laura, mamá Arenas terminaba de limpiar los platos del almuerzo mientras que papá Arenas miraba fútbol por televisión pública gracias a la novedosa idea del gobierno de turno para poner propaganda oficial con llegada masiva. Papá Arenas bromeó con la visita sobre respectivos desempeños de los clubes de los que cada uno era hincha, mientras Laura los miraba a ambos pensando que a los hombres lo único que les importa es ese deporte burdo y torpe que era el fútbol.

Enseguida apareció mamá Arenas, saludó a la visita y le preguntó por su familia, como hacía casi de rutina cada vez que llegaba alguna amistad de su hija. Alexis, como siempre, rápidamente enumeraba en qué se encontraba cada miembro de su familia hasta el último momento en que los vio y ahí terminaba la conversación. Entonces Alexis y Laura se fueron a la habitación de ella con el equipo de mate.

—Mmm… ¿No te parece sospechoso? —dijo Papá Arenas.
—¿Qué cosa? —respondió Mamá Arenas.
—Estos dos chicos… Están muy pegados, muy juntos últimamente… ¿Tienen la puerta cerrada? Les voy a decir que la abran…
—¡¿Te podés calmar, querés?! Son amigos…
—Sí, más vale que sean amigos, ella es muy chica para esas cosas…
—Tiene quince años, no es una nena ya. Igual no creo que esté interesada en esas cosas todavía.
—¡Dejate de joder, viejo! Yo di mi primer beso a los 13. Lo más probable es que ya lo haya dado ella también. ¿Además a qué edad diste tu primero beso o tuviste tu primera novia?
—¡A los 14! Pero no iba a la casa de ella a encerrarme en su pieza… ¿Te imaginarás lo que pueden llegar a hacer?
—No van a hacer nada.
—Sí, yo puedo imaginar todo lo que pueden hacer. Ahora me van a ver…
—¡No están en nada! Son amigos.
—Yo te puedo probar que no son amigos.
—Quedate ahí, no hagas ninguna locura.
—No me tengo que mover de acá.
—¿Y cómo lo vas a comprobar entonces?
—Mirales los labios.
—¿Los labios?
—Sí. Entre tanto intercambio de saliva, de exhalaciones, de mordidas y esas cosas los labios terminan paspados y rojos. ¿Nunca te pasó? ¿No te acordás de nosotros cuando nos conocimos a los 20? Me dejaste los labios hechos pelota.
—Sí, me acuerdo. Pero vos también a mí, no te quejes.
—Bueno, pero a mi se me notaba más… Mi vieja me preguntó qué me había pasado y no cabía la excusa del frío, porque estábamos en pleno verano.

—¿No le dijiste a tus viejos que estamos de novios, no? —dijo Laura.
—Sí, ya le dije —respondió Alexis.
—¿Le dijiste? ¿En serio?
—Y sí, me preguntaba por qué venía tanto a tu casa y para que no me joda más le dije que estábamos de novios. Eso.
—Ay, ¿y qué dijo ella?
—Nada, me felicitó, dijo que estaba bien, que eras una chica linda y buena, y eso, más o menos. ¿Vos no le dijiste nada a tus viejos, no?
—Y, no. Vos sabés que no es tan fácil porque soy mujer y porque mi viejo es un hincha pelota.
—Igual si nos quedamos acá no pasa nada, ¿no?
—No, mis viejos no joden… Pero seamos disimulados…
—¿Entonces te tengo que besar despacito?
—No sé, eso se ve. Vení.

—Llamala a Laura, mandala a comprar algo, no sé —dijo Papá Arenas—. Mirales bien los labios a los dos. Fijate cómo los tienen ahora y después cuando vuelvan o cuando él se vaya.

Laura y Alexis fueron hasta el negocio de artículos de limpieza a comprar una lavandina. “Raro, ¿no había comprado una ayer?”, pensó Laura. De todas formas no importaba, e iba por la calle tomada de la mano con Alexis. Cuando había que esperar a un semáforo para cruzar, se paraban en la esquina, se miraban y se besaban esperando a que aparezca la luz blanca con el hombrecito caminando para poder cruzar. Más besos en pequeños intervalos se daban mientras esperaban en la tienda a ser atendidos. De regreso a casa se pararon dos cuadras antes de llegar al destino, se abrazaron y besaron apasionadamente recorriendo todos sus labios, sus dientes, sus lenguas, respirando enviciado aire que compartían, ahogándose a besos. Finalmente cuando volvieron a la casa se separaron y cambiaron a la modalidad de amigos, evitando cualquier atisbo de amor en sus caras, aunque cuando ni mamá ni papá Arenas miraban, se miraban a los ojos, sonreían y leían en sus labios del otro lo que no era pronunciado con palabras.

—¿Les viste los labios? —preguntó papá Arenas— ¿Te fijaste?
—Sí, tenés razón, los tenían colorados.
—Seguro que se estuvieron besando todo el camino y por eso les quedaron los labios así. Podrán disimular todo lo demás, pero las marcas de los besos son indisimulables.
—Tenías razón al final… ¿Y qué vas a hacer?
—Nada.
—¿Nada?
—Y no… ¿Te acordás cuando fui a tu casa y no me habías presentado como tu novio? Que nos buscábamos en los rincones, para darnos besos furtivos. Cuando comíamos todos juntos y nos mirábamos y me sonreías con complicidad… Esa vez fue cuando me dejaste los labios paspados.
—¿Me vas a decir que no fue lindo? Fue hermoso…
—No lo niego, fue hermoso.
—Así que bueno… Dejemos que se partan los labios, total.
—Sos un tierno. Te voy a partir los labios como a los 20.
—Eso quiero verlo.

—¿Vos creés que tus viejos no se dieron cuenta?
—Nah, no pasa nada. Mi viejo cree que aun tengo 8 años.
—Ah, bueno… Che, ¿hace calor, no?
—Sí, bastante.
—Y me dejaste los labios paspados de tantos besos… ¿Qué voy a decir? No tengo como excusa el frío.
—No te quejes, porque bien que te gustó, ¿eh?.
—Lo sé, ja. Che, ¿notaste algo?
—¿Qué cosa?
—Tu viejo también tiene los labios paspados.
—Sí, pero a él siempre se le paspan porque tiene los labios sensibles. No lo veo dándose besos con mi vieja.
—¿No? Pensé que sí.
—Y sí lo hace no me quiero enterar.
—Bueno, ellos fueron jóvenes. Che, me duele un poco.
—¡Sos un maricón! No te voy a dar más besos entonces.
—¡Es una broma!
—Lo sé, tonto, ¡te amo!
—Yo también te amo.

1 ya han matado el tiempo:

Alexandra Vega Rivera dijo...

Muy buena historia, ése paralelismo que rompe el tiempo, cómo invitan unos labios enrojecidos, al final, frente a la delicia inevitable que son los besos furtivos y arrinconados, nadie se puede resistir. Saludos.

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