jueves, 13 de noviembre de 2008

50ª Historia Asesina - "Otros amores"

—Sos la más hermosa mujer que vi en toda mi vida. Pero posta. Sos muy hermosa.
—Ehmmm... Gracias.
—No, no, no. No digas nada. Sos muy hermosa, tu pelo, es brillante, tiene olor a ese shampoo de manzana que me recuerda a mi infancia un poco. Tus ojos, tenés unos ojos brillantes, que resaltan cuando la luz te da lleno, dos ojos en los cuales te perdés por lo hermosos que son. Ni hablar de esos labios, tan carnosos, tan dulces, tocados por ese color carmesí del lapiz de labios. Ni hablar de imaginar mi boca tocando tu boca... Ni hablar. Ese perfume que usás, no sé, se mete dentro de mi, me empalaga, me estupidiza, me enamora y me adormece. Cada vez que estoy cerca tuyo me enamoro, me siento volar, me siento realizado, me siento feliz.
—Mirá, yo...
—No, no digas más, yo sé que todo lo que te digo es tierno y que es muy dulce de mi parte, pero que vos no me querés de esa manera, ya lo sé, ya lo sé. Es obvio. Pero luego yo te voy a insistir, te compraré flores, te escribiré poemas, te cantaré canciones, te dedicaré otras en la radio, te regalaré bombones y fruslerías con corazones y frases cursi. Yo sé que con eso te compraré, vos te vas a ablandar y entonces vas a sentir quizás lo mismo que yo. Al final aceptarás salir a cenar conmigo, y yo trataré de hacer que te sientas lo más cómoda posible. A la salida te acompañaré hasta tu casa y nos besaremos por primera vez en el umbral de la puerta de entrada de tu casa. Luego yo me iré muy contento. Pasaran los días y las semanas y nos iremos frecuentando más y más. Finalmente decidiremos comenzar una relación formal. Seremos muy feliz hasta entrado, más o menos el tercer o cuarto mes de la relación, nos veremos muy seguido, saldremos los fines de semana a la noche, tomaremos champagne en un vasito de plástico y me enteraré que fumás como un murciélago. En verano te pondrás sandalias hawaianas y tomaremos mate en el cordón de la vereda. Y el fin de semana la pasaremos encerrados en la cama mirando televisión. Prendemos el turbo, bajaremos las persianas, y miraremos "El crucero del amor".1. Seremos muy pero muy felices. Nos veremos cada tanto, después al tiempo conoceré a tus padres y vos a los míos y seremos una pareja oficial, hecha y derecha. Estoy seguro que va a ser así...
—Bueno, quizás...
—No, no, no. Ahí empezará a declinar todo. Vos vas a estar con tu laburo. Y yo con el mío. De pronto, no nos vamos a visitar tan seguido. Vos te vas a sentir sofocada de mi y vas a querer salir con tus amigas. Y obvio que yo me voy a poner celoso porque salís sola. Pero me voy a vengar y voy a salir con mis amigos, sin que vos lo sepas. Vos después te vas a enterar y te vas a enojar, yo voy a estar celoso de vos y vos vas a estar enojada conmigo. Vamos a empezar a pelear seguido, y por boludeces. Vamos a guardarnos resentimientos, vamos a decirnos cosas que nos duelen y un día nos vamos a separar.
—Bueno, pero tampoco tiene que ser así...
—No, no. Va a ser así. Tiene que ser así, porque siempre es así. Vamos a separarnos, yo te voy a extrañar, luego me va a chupar un huevo y me voy a ir de joda, a ponerme en pedo y a encamarme con otras minas, solo para olvidarte. A vos no te va a importar al principio, me vas a extrañar luego, pero después cuando te enteres de lo que hago me vas a odiar más y no vas a querer volver conmigo. Sin embargo, ignorando yo que vos sabés lo que hice, cuando vaya a pedirte la reconcialiación me vas a mandar a la mierda. Es así. Va a terminar todo mal, los dos lastimados, y separados.
—...
—Sí, es triste, ¿no? Pero mejor que aclaremos todo ahora antes de todo vaya para peor.
—Creo que tenés razón...
—Bueno, ¿cuánto es?
—Ah, son dos con cincuenta.
—Gracias, señorita kioskera. Qué lástima que lo nuestro no pueda ser, ¿no?
—Bueno, ya habrá otros amores...
Sí, es lo que siempre decimos al final.

sábado, 25 de octubre de 2008

49ª Historia Asesina - "Alma y vida"

—Qué lindo es admirar el paisaje, ¿no?
—Ajá... Sí, la verdad que sí. Disfrutar este momento tranqui, descansando, con una persona que quiero. Sin ninguna preocupación...
—Ay, tonto, no seas cursi.
—Pero si te quiero.
—Tonto, me hacés sonrojar. Yo también te quiero. Vení, dame un beso.
—Como quieras. Uh, esperá.
—¿Qué pasa?
—Me suena el celular.
—Pucha... Que inoportuno...
—Bueno, tranqui. A ver. ¿Hola? Sí, él habla. Ah, hora, ¿cómo anda? Sí. Sí. Ajá. ¿Ahora? ¿Ya? OK. OK. Sí. Le digo a Pedro entonces... OK. Mirá que la última vez tuve problemas para llegar. Ah, ¿esta vez no voy a tener problemas para llegar? ¿Me lo prometés vos? OK. Está bien.
—¿Quién era?
—El jefe, tengo que ir a laburar.
—¿Qué? ¿Ahora? ¡Pero si volviste de laburar hace un rato, hace treinta y siete años nomás! ¿Por qué ahora?
—Me necesitan. Tengo que ir a cumplir otra misión.
—Uh, che.
—Tranqui. Me dijo el jefe que vos también tenés que ir a laburar dentro de dos años. Me podés buscar y podemos trabajar juntos.
—Pero sabés que es jodido encontrarnos ahora. Además, la última vez que estuvimos juntos trabajando no duramos mucho.
—Bueno, pero por ahí ahora tenemos suerte.
—Bueno, OK. ¿Cuándo tenés que reencarnar?
—Faltan dos meses.
—Bah, no te queda nada de tiempo. Decí que tengo que esperar dos años nomás, porque si no.
—Me dijo el jefe que después nos va a dejar de vacaciones dos milenios si sale todo bien.
—¿Dos milenios nomás? Pero por antigüedad te tendrían que dar más.
—Bueno, no te quejés.
—¿Qué misión tenés que cumplir?
—Tengo que ser el creador de la nueva doctrina que revolucionará al mundo terrenal.
—¿En serio?
—Sí. Y yo soy la única alma disponible para el trabajo.
—¿Sabés en quién te vas a reencarnar?
—Ni idea. Pero bueh. Tengo que laburar para ganarme el cielo, ¿no?
—Claro...
—Ah, igual me dijo que me van a matar pronto, como a los cuarenta y pico. Unos fanáticos opositores a mis ideas me van a fusilar, así que bueno. Voy volver rápido.
—Bueno, entonces está bien. Espero morirme rápido entonces yo también.
—Sí, si nos encontramos allá abajo, te van a matar por querer seguir mi doctrina o defenderme.
—De última me suicido.
—Tonta, sabés que a Dios no le gustan los suicidios. Cumplí la carga anual completa. Además, mirálo a Matusalen. Hizo años extra y le dieron más vacaciones ahora.
—Bueno, pero igual. Es cansador vivir. Ni te cuento de la última vez, me morí por no mirar para los dos lados de las vías del tren.
—Ah, cierto, no estuvimos juntos porque tuviste que cubrir un puesto allá en Canadá mientras yo había reencarnado por Kirguizistán. Ahí nos tocó lejos, pero ahora vamos a reencarnar en Alemania, me dijeron.
—Uh, Alemania, buena cerveza ahí.
—Sí, bueno, supongo. Bueno, tengo que ir a nacer.
—¿Ya?
—Sí, me parece que voy a nacer antes de la fecha estimada.
—Bueno, mi amor, cuidate. Que tengas una buena vida y que mueras pronto.
—OK. Espero que nos encontremos cuando reencarnemos.
—Yo también. Te amo, suerte.
—Chau.
—¡Chau...! Ah... El duro laburo de ser un alma.

viernes, 3 de octubre de 2008

48ª Historia Asesina - "Parabrisas"

Día gris, nublado. Temprano, a primeras horas de la matina, el sol parecía anunciarse radiante y poderoso, pero una rebelión de grises nimbostratus lo derrocó de su poderío cuasi-eterno al menos por ese mediodía.

Él regresaba en su vehículo modelo noventaypico, cuando notó el cambio climático; su ánimo muchas veces funcionaba en función del mismo. La lluvia ponía su ánimo como el color de sus nubes: gris tirando a negro. Al menos él lo sentía de esa manera, bien sabemos que los ánimos no pueden definirse solamente por colores.

Entonces el dios Freyr tomó cartas en el asunto y algunas gotas de agua empezaron a caer sobre el vidrio. Parecían gotas de plata líquida recorriendo cada uno de los rincones del parabrisas del automóvil que recorría el gris asfalto de la ahora gris urbe.

Cada gota, para él, era un recuerdo. Cada recuerdo era un pequeño puñal de plata que se clavaba en su cuerpo. Cada puñal era una gota y cada gota era un puñal y así continuó el ciclo a medida que la lluvia arreciaba más y más imponente.

De repente el temporal llenó su parabrisas de recuerdos. Lamentablemente, sólo era para-brisas, no para-recuerdos. Tantos recuerdos le interrumpían la visión. Entonces con un interruptor detrás del volante, activó el limpiarecuerdos; primero a velocidad número 1. Pero los húmedos y brillantes recuerdos no se disipaban, y si alguno se disipaba, otro recuerdo ocupaba su lugar rápidamente.

Así continuó el ciclo hasta la velocidad tres del limpiarecuerdos. Pero nada de nada, el dios Freyr dejó caer desde el cielo miles de recuerdos que el artilugio no pudo detener.

Entonces se sintió invadido por la constante lluvia de recuerdos. Y no había nada que hacer, sólo esperar que el sol recuperé su hegemonía y evapore los recuerdos.

jueves, 18 de septiembre de 2008

47ª Historia Asesina - "Minicuento"

Cuento rescatado desde mi forrolog, ja.

Y el pobre estaba ahí parado, en el borde del abismo. Si saltaba de vuelta, podía perderlo todo para siempre. Y la verdad es que no era la primera vez que había caído, así que sabía cómo era el gusto de la caída y sabía también que tenía que pensar con detenimiento.

"¿Qué hago? ¿Qué hago ahora?", pensaba frenética y nerviosamente, mientras seguía contemplando la oscuridad del abismo.

Era la última chance. Era a todo o nada, había que jugarse. Entonces, finalmente, se decidió y saltó, a ver qué pasaba. Porque el que no arriesga no gana...

Pero, pobre, cayó por el abismo y desapareció en sus tinieblas para no volverse a ver más.

"GAME OVER", dijo la oscura y macabra pantalla inmediatamente.

—"¡¡Y la puta madre... ¿Cómo mierda tengo que hacer para pasar este nivel...?!!"

viernes, 1 de agosto de 2008

46ª Historia Asesina - "Qué suerte que tiene la gente de que estas cosas, a mí solo nomás me pasen"

Qué suerte que tiene la gente de que estas cosas, a mí solo nomás me pasen. Porque no sabía cómo carajo llegar. El paro de subtes me iba a cagar la vida. Andar por la Capital, sin conocerla completamente y en colectivo, era una condena. Así que mejor me llevaba la Guía T para revisar qué colectivo podía tomar en medio del quilombo. Para empeorarla, encima llegaba tarde. Me retrasé como siempre, haciendo boludeces aquí y allá, pensando que tenía tiempo más que suficiente para llegar. Pero como dicen en la jerga televisiva, el tiempo es tirano y salí tarde porque no encontraba el cinto del pantalón por vestirme a las apuradas a último momento.

Me tomé el colectivo hasta Burzaco. Saqué el boleto ida-vuelta a Plaza Constitución y esperé el tren demasiado ansioso. Miraba mi reloj constantemente, como deseando que el tiempo se detuviera, para llegar a horario a mi destino, aunque sabía que eso era imposible.

El tren llegó a los cinco minutos y me subí. Me paré al lado de la puerta, y enseguida saqué del bolsillo interno de mi campera el reproductor de MP3 y me sumergí en la música de Árbol. Miraba de a momentos por la ventana, como el paisaje cambiaba en reversa. Y después contemplé como siempre hago, el pasaje que había en aquel tren.

No sé si subió en Adrogué o no, pero por esa estación fue más o menos que la vi. Su cabello negro y liso cubría sus orejas, su cara larga terminaba en un mentón perfecto. Sus labios estaban fruncidos, como aguantando algo y sus ojos color miel brillaban como el elemento al que el susodicho color hace comparación.

En un principio no le di demasiada importancia. Puse mi atención en otros elementos y personas del vagón o del paisaje móvil exterior. Pero en un vistazo al azar (o quizás no) la vi nuevamente y sus ojos parecían brillosos. Ella parecía llorar, por dentro, parecía ocultar algo, parecía querer gritar algo. Y sentí compasión, supongo, sentí lástima, quizás. Pero no pude quitarle la vista de encima. Bueno, al menos hasta que me miró y entonces traté de disimular mi vista en otra cosa. Cuando cambiaba su rango visual, la volvía a mirar. Me hice el boludo y saqué la Guía T del morral y busqué algún colectivo que me dejara en mi destino. Haciendo algunos calculos y teniendo en cuenta el recorrido de las distintas líneas de colectivo, decidí que al llegar a Constitución, me tomaría el colectivo de la línea 61.

Una vez resuelto el problema, guardé la Guía y levanté la vista. Ella me estaba mirando ahora y después desvió su mirada. Yo aproveché y la miré. Aun tenía su cara de tristeza, pero no era tan obvia. Cada vez que la miraba me parecía más hermosa, y su cara que gritaba tantas cosas me daba ganas de querer ayudarla, aunque me considerara un inútil.

Cuando pasamos por Remedios de Escalada, nuestras miradas se encontraban por milésimas de segundo y se rechazaban al saber que eran mutuas. Al principio pensé que quizás le molestaría que yo la mirara, pero sin embargo ella seguía mirándome. Antes de llegar a Lanus, cosa que me sorprendió mucho, ella también sacó una Guía T, una versión más vieja, y sacó un papel y también buscó un destino entre tanto trazado de número, letra, calle y avenida, digno de un gran tablero de batalla naval.

Por un momento me ilusioné, ¿y si va para el mismo lado que yo? Yo ya sabía cómo llegar, podría darle una mano. Y fue entonces cuando llegamos a Lanus. Un montón de gente se agolpó ante la puerta de salida. Y ella se mezcló entre todo el tumulto. Cuando bajaron todos, no la vi más y temí que se hubiera bajado en Lanus.

Luego de que se fue todo el tumulto, resulta que no, era que había conseguido un asiento y ahora me daba la espalda, es decir, que la ilusión seguía viva. Y yo ya me había hecho toda la película. Vi que abrió la Guía T y buscaba. Quería ver la dirección que tenía anotada en el papelito, pero no tenía los lentes puestos. Al final, me fui a sentar yo resignado de que no podía ver nada.

Saqué el libro de Fontanarrosa, y me puse a leer. El muy malvado me hizo cagar de risa con uno de sus relatos, "que Dios lo tenga en gloria", pensé con el modo vieja encendido. Luego la miré y ella seguía buscando. Era tan linda. Ahora no parecía triste, parecía que se había concentrado en el lugar al que tenía que ir. Quién sabe qué le habría hecho poner esa cara anteriormente.

Al final el tren llegó como a las tres y media a Plaza Constitución, y yo puteando porque sabía que llegaba tarde. Ella salió al lado mío, pero yo ya no podía perder más tiempo mirándola, así que me adelanté, y la perdí de vista. Por las dudas me fui hasta la boca del subte, quizás por ahí andaban. Al final unos policias, detrás de las rejas anunciaron que el paro seguía, así que me fui a tomar el colectivo.

Estaba confiado con la información que me dio la confiable Guía T. Así que me tomé el 61 por fin. Seguí el recorrido de la calle con la guía y miraba los carteles por fuera. Se cumplía todo al pie de la letra, pero no sé si en un momento yo perdí de vista la calle o no sé qué, que ya estaba lejos, muy lejos de mi destino. Me había equivocado de colectivo. Así que a las puteadas me bajé. Ya eran cuatro y cuarto, y la concha de su hermana, gritaba. Iba a llegar re tarde, y terminé como a quince cuadras de mi destino. Encima me puse esos zapatos de mierda que ni me dejaban correr porque me lastiman los talones.

La puta madre. Menos mal que el destino de esa mina y el mío no se compartieron. Mirá si terminaba corriendo al lado mío por mi culpa. Qué suerte que tuvo al final. Qué suerte que tiene la gente de que estas cosas, a mí solo nomás me pasen.

lunes, 28 de julio de 2008

45ª Historia Asesina - Emperatriz de la oscuridad (2ª parte)

1º parte acá

Él nació una mañana de primavera. Por eso decían que era cálido y agradable como el clima de dicha estación. Vivió siempre de historias, propias, ajenas, oídas, leídas, escuchadas y cantadas. Creía en las hadas, en los duendes, en los ángeles y en la magia. Y hasta llegó a dominar un poco de ella, esa magia simple que consiste en mover cosas a voluntad y desaparecerlas, magia básica y corriente.

Él vivió en el mundo real y mortal, durante mucho tiempo. Pero lo odiaba. No lo podía soportar, era horrible y desagradable. No entendía cómo la gente podía vivir con tanta naturalidad en un lugar así. No lo concebía. Él, que nació con tanta historia fantástica alrededor, no soportaba la vulgaridad del mundo real. Tan simple y llano. Nada de magia, nada de hadas ni duendes, nada de nada. Todos esos sujetos eran parte de los cuentos, relatos y fábulas infantiles. Pero el ya no era un chico, y creía en todo eso. A veces mostraba su magia a sus amigos, pero nadie creía que fuese de verdad. "¿Dónde tomaste las clases de ilusionismo?", le preguntaban siempre. O "¿no podrías enseñarnos algún truco?". "Truco", esa palabra le molestaba. ¡No eran ningunos trucos esos! ¡Era magia de verdad, vulgar, débil y simple, pero seguía siendo magia!

Por eso odiaba tanto al mundo real. Él necesitaba otro tipo de mundo, uno en el que se pueda creer sin desconfiar.

Una noche, vagando por las calles, injuriando verbalmente el mundo en el que le había tocado vivir, la vio. Sus cabellos dorados resaltaban ante la oscuridad de esas callejuelas pequeñas y mordaces. Entonces se fijo con detalle y no estaba sola. Había un monstruo, grande, que la triplicaba en altura. Era peludo, sus cabellos negros se fundían con la oscuridad. Sus manos eran grandes y fácilmente podían llegar a llegar a agarrar la cabeza de ella. Sus ojos eran azules, un azul intenso. Y su boca era amplia y por dentro guardaba una dentadura perfecta.

Ella extendió sus manos hacia una de las paredes. Murmuro una palabra que no entendio, y entonces una puerta secreta apareció. Mirando a los costados, entró y detrás la gran bestia. Él no supo qué hacer al principio, pero su curiosidad le ganó. Entonces corrió rápidamente hacia la puerta, pero cuando llego, la puerta desapareció.

Y así esperó, días y días el momento de a ese lugar poder entrar. Nadie salía, nadie entraba desde aquel momento de aquel lugar. Quizás no era la única puerta, quizás no era el único lugar. Y no sabía bien qué pasaba.

Pasaron los meses y finalmente se resignó. No encontraría la entrada de ese misterioso lugar. Era una perdida de tiempo, quizás sólo una ilusión le jugó una mala pasada. Al final le dio la espalda a la pared para irse, y en ese instante fue cuando una puerta detrás de él se abrió. Se dio vuelta y el monstruo salió. Intimidado, retrocedió dos pasos. El mounstruo lo miraba a él, fijamente.

—Llevas varíos días aquí parado. ¿Qué quieres? —le dijo el monstruo.
—Ehh... —balbuceó sorprendido por la excelente dicción del monstruo— Yo, yo... yo quiero entrar.
—Claro que no lo harás. Este es un lugar sólo para algunos pocos, la Emperatriz y yo.
—¿La emperatriz? ¿Esa muchacha rubia?
—Más respeto con ella.
—¿Por qué no puedo entrar? ¿Qué me lo impide? ¡Puedo usar magia! ¡Mira!

Entonces él extendió su mano hacia adelante y levanto una piedra que estaba a diez metros de él y la trajo hasta su mano.

—Ja, ¿crees que eso es suficiente?
—Voy a entrar, aunque no quieras. ¡Ese lugar es para mí!
—Oh, no, no lo harás.
—¡Dejame pasar! ¡Haré lo que quieras! ¡Seré tu esclavo!
—No necesito nada de eso. Yo sólo protejo este mundo de gente como tu.
—Si no me dejas pasar, tendré que hacerlo por la fuerza. La puerta está abierta y soy más rápido que tú.

No terminó de decir eso, que arremetió rápidamente hacia la puerta, pero el monstruo con su largo brazo, simplemente lo desplazó hacia un lado. Él se levantó y lo miró con detenimiento y enojo. Cerró sus puños y se iba a disponer a luchar contra él, como sea. Pero de repente alguien detrás suyo, lo detuvo.

—¿Qué haces? ¿Acaso estás loco? —le dijo una mujer madura de cabellos muy largos.
—Tengo que entrar.
—Dejamelo a mi, Magno. Yo me encargo.
—¿Estas segura, Eliana?
—No te preocupes. Ve a hacer lo que tengas que hacer.

El monstruo lo miró de reojo, con un gesto de desconfianza. Él miró al monstruo con desprecio, pero enseguida volteó a la mujer que estaba frente a él.

—Hola muchacho. Soy Eliana. Mira, si quieres entrar acá, no es recomendable una pelea entre vos y este hombresote.
—¡¿Hombresote?! ¡Es una bestia!
—Es el amado de nuestra emperatriz.
—¿La chica rubia?
—¿La has visto alguna vez?
—Pues claro que la he visto. ¿Pero cómo puede amar a una cosa así?
—Si quieres entrar, mejor que acalles esos cuestionamientos.
—De acuerdo. Tampoco es que me interese demasiado. Monstruo del demonio...
—Cálmate y sigueme.

Eliana lo hizo entrar a traves de un portal que ella creo con sus manos. Era un lugar oscuro, y raro. Pero tenía algo atractivo, algo bello, algo raro. Uno podría gritar y nadie lo escucharía. O al menos, si alguien lo escuchara, no sonaría como algo fuera de lo normal. Era un lugar muy oscuro, y sólo se podía ver si se era rápido e inteligente. Mucha gente que vivía en ese mundo, estaba muy acostumbrada a la oscuridad y sabía moverse como si estuviesen a plena luz del día.

El lugar era frío en verano, y cálido en invierno. Se adaptaba fácilmente a las intenciones del que estaba ahí. Si una persona quería refrescarse, sólo tenía que pedirlo. Y viceversa. Todo estaba regido por la gran Emperatriz, el emblema del lugar. Y el sistema que hacia mover las cosas del mundo, un sistema de engranes y resortes gigantes que llevaban y traían cosas de todas partes. Sólo bastaba solicitar algo a la Emperatriz y ella movilizaría su gran sistema para conseguir lo que se le pidiera.

Él vio millones de cosas que nunca había notado antes en ese mundo. E inmediatamente se sintió cautivado y quiso saber más. Eliana le mostró cada uno de los lugares que creyó conveniente mostrarle. Excepto claro, la recámara de la Emperatriz, donde nadie podía entrar, excepto Magno, el gran monstruo que cuido todo el mundo desde tiempos y el que permitió que ingresaran más humanos después de la Emperatriz de la Oscuridad, obviamente luego de darle dicho título para poder gobernar.

Eliana y él estaban en la puerta de dicha recámara. Y en ese momento Magno se acercó a la puerta, nuevamente mirándolo con desconfianza y desprecio. Él cuando lo vio dijo:

—¿Por qué no puedo ver a la Emperatriz?
—Porque no puedes —le dijo Magno.
—¿Por qué no? Si voy a ser parte de este mundo, tendré que verla alguna vez, ¿no?
—Eso tu no lo decides.
—¿Quién lo hace? ¿Tu?
—Claro que sí.
—Ja, no me hagas reír.
—Basta, muchachos. Cálmense.
—Creo que tengo derecho de ver a la Emperatriz, ¿no Eliana?
—Eh...
—Claro que no. Te irás de aquí. Eliana, lo siento —le dijo el monstruo.

Eliana se retiró pidiendo disculpas y luego Magno quiso sacarlo, pero Él no iba a dejarse vencer tan fácilmente. Usando su mano como arma, uso la magia que sabía para detener el brazo amenazante del monstruo.

—¿Qué haces, maldito humano? —le gritó Magno al ver su mano paralizado.
—Luchando por lo que quiero.
—No eres digno de ser súbdito de su majestad. Te irás de aquí.
—Claro que no.

Entonces Él, sabiendo que en el mundo oscuro la magia tenía más poder utilizó sus dos manos para detener al monstruo y elevarlo en el aire.

—¡Bájame! ¡Te lo ordeno! —le gritó el monstruo al verse en el aire.
—Claro que no. ¿Me dejarás quedarme?
—Nunca te dejaré. Tendrás que matarme primero.

El monstruo rápidamente se libró de las ataduras mágicas y entonces decidió no contenerse más y usar su fuerza para acabarlo. Pero Él no dudo en usar su magia. Detuvo nuevamente sus brazo.

—¿Tengo que matarte? ¡Lo haré entonces! —le gritó entonces.

Entonces con su magia potenciada acometió contra el cuello de la bestia, dejándolo sin aire. Magno intentó liberarse, pero sin aire no tuvo demasiada capacidad de respuesta y pereció rápidamente. Eliana apareció en ese instante y vio la escena.

—¿Qué has hecho? —le dijo atemorizada.
—Maté a esa asquerosa bestia como dijo que lo haga. Ahora puedo quedarme.
—No sí la Emperatriz sabe de esto.
—No lo sabrá. Yo no se lo diré y tu tampoco.

Y haciendo uso de la magia nuevamente, dejó sin vida a Eliana.

Y luego, Él recordó cómo fueron los momentos después de esos dos asesinatos y cómo la noticia se tergiversó en un supuesto escape del monstruo y Eliana del mundo oscuro (con algunas versiones de que habían escapado juntos). Mientras esas noticias corrían como reguero del pólvora, Él cavaba las tumbas de ambos cuerpos.

Y recordó todo eso en ese momento en que bailaba con ella. Y en el medio del movimiento, Él vio que uno de los mechones negros de Ella nuevamente recobraba su original color dorado-otoñal.

Y Él seguía bailando como sí nada.

sábado, 19 de julio de 2008

44ª Historia Asesina - "Defensa de la derrota"

Se cumple hoy un año de la muerte de Roberto Fontanarrosa. Acá, un genial cuento de él

"Defensa de la derrota" por Roberto Fontanarrosa

Se apoyará, primero, los brazos estirados, las palmas de las manos contra la pared. Respirará hondo y acompasadamente varias veces, hasta que el frío de la pared le llegue. Cerrará los ojos, no mucho tiempo. Sentirá entonces, penetrándole, un reposo húmedo. Será la tristeza. Algo tibio. Íntimo, casi fraterno. Decididamente poético. Eso. Poético. Se sentará entonces, sin mirar a nadie. Le punzarán algunas miradas furtivas. De reojo. No deberá hablar casi. Ni insultar. Deberá callar largamente. Sentirá entonces, creciéndole, un orgullo callado, quieto. Será la dignidad. Lo tomará del hombro, llenado con blandura el silencio que acompaña a los fracasos. No deberá llorar. Nunca. Tal vez apretar fuertemente la mandibula. Un instante. Se pondrá de pie. Sentirá entonces, en el pecho, detrás de los albios, un escozor denso y aguachento. Será el romanticismo, que envuelve en una gasa tenue todas las derrotas. Tomará entonces su frágil fama, su trémulo orgullo antes impecable, se vestirá con ellos cuidadosamente, casi con cariño, y se marchará. No habrá las historias resonantes de las victoria. Estará solo. Y tendrá que caminar lento, pero no muy lento. Una mano en el bolsillo y un gesto vacío en la cara. Apenas una palidez quebradiza en la cara en la piel cubierta paternalmente por la solapa levantada. No habrá ni un solo amigo. Ni uno. O tal vez uno que respetará el momento, el silencio, la tristeza, que dejará caer casi con temor, o con respeto, una palmada leve sobre el hombro, como temiendo romper algo, como temiendo que se le desprenda al vencido ese fino revoque de la melancolía, de la nostalgia.

El vencido sacudirá una vez la cabeza, o dos en agradecimiento, sin hablar, porque una palabra, un gesto amartillado en falso, puede precipitar el llanto. Y el vencido digno no se permitirá llorar ante terceros. Se marchará solo. Se preparará en su casa un café fuerte, negro, espeso y caliente. Se tomará la cara con las manos, para apretarse aun más sobre los párpados esa poesía inútil de las derrotas. Para fijarse sobre los pómulos todo el romanticismo suave e impalpable de las derrotas. Se podrá permitir ahora sí, un gesto nervioso, un puñetazo corto y duro al aire dulzón de la cocina o bien sobre la mesa. Se podrá permitir, ahora sí, llorar con un llanto comprimido, convulsivo, desesperado y hondo contra el marco de la puerta del comedor. Deberá luego lavarse la cara, secarse los ojos con una toalla. Mirarse al espejo preguntándose si tenía realmente necesidad de llorar.

Y se sentará en el sillón de mimbre.

Tomará su café.

No se sentirá tan mal, después de todo.

viernes, 20 de junio de 2008

43ª Historia Asesina - Emperatriz de la oscuridad (1ª parte)

Se llamaba Soledad y estaba sola
como un puerto maltratado por las olas,
coleccionaba mariposas tristes,
direcciones de calles que no existen.

Pero tuvo el antojo de jugar
a hacer conmigo una excepción
y, primero, nos fuimos a bailar
y, en mitad de un "te quiero" me olvidó.

"Más guapa que cualquiera" - Joaquín Sabina y Fito Páez

Ella nació una tarde de otoño. Por eso dicen que cayó bella y dorada como las hojas. Vivía en un mundo de fantasías y tinieblas, del que no quería salir. Ese mundo de fantasías siempre había sido oscuro y macabro, lleno de gente a la que no se le puede ver la cara y a la que no se le puede sentir la respiración, por uno no sabe si están vivos o muertos, si existen o no, si dicen falacias o grandes verdades de la vida. E igual ni siquiera le importaba nada de todo eso. Ella amaba su mundo.

Por momentos, regresaba al mundo real. Y no sola. A veces se traía alguna de las artimañas del su mundo fantástico. A veces, las artimañas daban miedo, otras risa, otras lástima, pero llegaban a ser agradables, sin embargo. Es recordado por todos, en su mundo y en el real, aquel momento en que trajo un monstruo gigante, el doble de tamaño que ella y que se veñia muy amenazante, pero que ella cuidó con recelo hasta el momento en que él, repentinamente, escapó. Nunca se supo por qué escapó, pero lo que sí se supo es que ella quería a ese monstruo. Entonces al enterarse, furiosa y ocultando su tristeza mediante esa actitud, regresó al mundo de fantasías y tinieblas. Cuando regresó, estaba tan furiosa que sus cabellos de otoño cálido se tornaron oscuros y fríos.

Y entonces pasó el tiempo. Y su furia fue desatada en aquel mundo, donde regresó encarnada como la emperatriz y tirana más temible. Destruía todo lo que podía, recuerdos, sentimientos, imágenes, sensaciones y aromas, y cuando terminaba de destruir todo, lloraba lentamente en silencio para que sus súbditos no la vieran débil por su condición de mujer y emperatriz. Y desde ese momento, siempre algún súbdito de su mundo quería ayudar reconstruir todo lo arrasado. Pero ella se enfurecía más, y ante cada intento, ella volvía a acabar con todo. Con el tiempo y progresivamente esto siguió siendo así, entonces ellos se cansaban y renunciaban a esa labor. Otros mientras tanto, habían sido envíados a buscar a su monstruo gigante en el mundo real. Pero perdían sus vidas en el intento. El mundo real era muy distinto al de fantasía y enseguida eran derrotados por el escepticismo de este. No había lugar para fantasías y seres fantásticos

Un día, otro de los súbditos que había llegado a reconstruir el desastre empezó a hacer su labor. Lentamente empezó por recolectar los cimientos. Y ella, la emperatriz, empezó a enervarse como de costumbre. Entonces, con su magia deshizo todo el orden y lo reconvirtió en caos. El súbdito la miró. Y ella creyó que como los demás, se rendiría y renunciaría y lo dejaría en paz. Es más, ya lo había planeado, cuando este súbdito se fuera, prohibiría la entrada de todos los súbditos a su territorio para que desistieran de la idea de reparar los desastres.

Pero no. El súbdito sólo la miró con mala cara y ella se enojó más. Pero él arregló nuevamente y con mucha paciencia cada rincón y quitó el polvo de cada resquicio. Ella se enojó y una vez deshizo todo el orden. Espero que esta vez el súbdito se vaya, pero no no logró. Simplemente, comenzó juntar cada pedazo del desastre una vez.
—¡Tú! ¿Por qué haces esto? —le gritó ella.
—El caos se debe convertir en orden. Usted no debe vivir entre tanta mugre.
—¿Y quién es usted para decidir cómo debo vivir? ¡Soy tu emperatriz!
—Usted sólo es alguien que está triste. Yo la entiendo, y quiero ayudar.

Era la primera vez que alguien le daba un argumento. Es más, era la primera vez en mucho tiempo que alguien le dirigía la palabra. Y se quedó sorprendida. Tanto, que sólo atinó a sentarse en su trono y mirar lo que hacía el súbdito. Él, con una paciencia infinita, se dispuso a arreglar cada rincón de ese lugar. Ella lo miró compasivamente, y entonces sintió culpa de estar sólo mirando y se levantó a ayudar.
—No, pero quédese tranquila, yo arregló esto —dijo él.
—Claro que no. Es mi desastre, por ende, yo ayudaré.
—Como usted diga.

Ella lo miró y trabajó codo a codo con él. Incluso cuando se equivocaba y accidentalmente tiraba algo al suelo y empeoraba en panorama, él sólo sonreía y continuaba, sin reprocharle absolutamente nada. Ella descubría a cada momento y un alma pura y sincera frente a sus ojos. Era esta una luz que ella nunca había visto. En ese mundo, las luces no eran más que un mero elemento abstracto muy lejano.

—Permiso, yo levanto eso —le dijo él ante un recuerdo enterrado en el suelo, que iba a levantar.
—¡No!
—¿No qué?
—Déjalo ahí.
—¿Acaso no quería ordenar este desastre? Hay que levantar cada fragmento de sentimiento y recuerdo que hay en el suelo.
—Pero no. Además este recuerdo no es mío. Bueno, sí, es mío. Pero no lo creé yo.
—¿Lo creo su...?
—Sí. Él.
—Pero no cree que...
—No. Déjalo ahí. Quiero conservarlo.
—Como usted diga.

Entonces, en el gran carro que el súbdito llevaba puso el último recuerdo en desorden y se retiró lentamente hacia la puerta.
—¿A dónde vas?
—A tirar todo esto. Ya no sirve.
—¿Cómo te llamás?
—¿Importa realmente eso?
—¿Al menos vas a regresar?
—Si me necesita, ahí estaré.

Y entonces ella lo vio irse, llevándose todos sus viejos recuerdos en ese carro. Se había convertido en un cartonero de sus recuerdos. Ella se sentó y miró al cielo oscuro.
—Bien, va a llover de nuevo —dijo feliz y enseguida miró al recuerdo que no había querido tirar. Era pequeño, como una huella. Pero era una huella profunda, hecha con una verdadera intención de marcar algo. Recordó el momento en el que su pequeño monstruo la hizo, cuando apenas era una bestia menor. Lo extrañaba demasiado.

—Va a llover, su majestad. ¿No cree conveniente que se ponga bajo techo? —dijo el súbdito al regresar.
—No, no lo creo. Me gusta la lluvia y quiero que me moje.
—Como usted diga.

Las gotas empezaron a caer lentamente. Y ella empezó a sentir el agua helada en su cuerpo, que la mojaba. El súbdito estaba parado ahí como una estatua, mirando fijamente a su emperatriz, como cuidando de ella. Ella estaba bailoteando entre los charchos de agua que se formaban, y enseguida notó como él la miraba.
—Vení, si vas a mojarte ahí parado, mejor mójate conmigo al menos. Hazme compañía.
—De acuerdo.
Entonces se acercó a ella y se paró junto.
—Vamos, baila conmigo.
—No puedo hacerlo si no hay música.
—Imagínala. Ven, yo te ayudaré —le dijo ella y lo tomó de las manos.
Entonces él se sumó a su danza con música ficticia, con un poco de pudor. Hasta que ella lo alentó un poco más y se soltó y bailó junto con ella como lo más natural del mundo. Ella estaba sonriendo después de tanto tiempo y era feliz, como antes. Su enojo había desaparecido totalmente.

En el medio del movimiento, ella se vio en el reflejo que agua dejaba sobre suelo. Y de repente vio que uno de sus mechones negros, nuevamente recobraba su color dorado-otoñal.
Y él seguía bailando como sí nada.

martes, 27 de mayo de 2008

42ª Historia Asesina - "Inspiración"

El tipo se sienta, mira el papel como dudando, seleccionando mentalmente las palabras que va a escribir. Porque tiene que hacerlo, de alguna u otra manera. Sabe que esa tarde vio esa cosa, ese hecho, le contaron esa cosa, vio a esa persona que lo hizo reaccionar. Y entonces ese sentimiento se le quedó ahogado en el pecho, en el corazón.

Entonces el tipo se pone a pensar cómo va a decir eso.

"Había una vez..."

Ahí se da cuenta que comenzó.

"Caminó", escribe y enseguida tacha. Pero no, camino, de sendero, va sin tilde. No sabe bien por qué escribe los verbos en pasado casi siempre cuando no corresponde. Será una cuestión de que siempre escribe en pasado y le agarró la costumbre de no comerse las tildes. Y no se las come, hace la dieta demasiado bien.

"La dulce princesa miro miró por la ventana".

Ahora el caso inverso. ¿Por qué carajo no me tocó un idioma como el inglés que no tiene tildes? ¿Eh?

"El caballero salió rápidamente saltando en su córcel negro azabache rápidamente".

Relee la frase. Uh, acá hay algo de más, piensa. Pero cuál de los dos "rápidamente" debe sacar. Porque quiere mostrar que quiere saltar rápidamente en el caballo, pero también que saltó rápidamente en su corcel. Ahí también se dio cuenta que metió una tilde donde no debe. ¿Cómo se escribe corcel? ¿Dónde metí el diccionario?, exclama hablando para sí mismo, a pesar de hablar en voz alta.

...córcel corcel...

Ya fue, piensa, le saco el primer "rápidamente". Entonces sigue escribiendo. Ahora más o menos, ya aclaró la mayoría de sus dudas gramaticales y entonces sigue avanzando por los diferentes núcleos narrativos.

"...y colorín, colorado, este cuento se ha acabado".

Y al fin le dio un cierre. ¿O debería poner el final de las pérdices? ¿Pero quién come perdices? Guacala, deber ser feo, piensa. Entonces, no, prefiere dejar al colorado. Que encima le deja un sabor a Chapulín Colorado, su serie favorita de la infancia.

Al final sonríe después de tan tedioso proceso. Otra vez, feliz, acaba de escribir, acaba de liberar lo que quería expresar. Acaba de terminar otra vez de pasar por el maravilloso proceso suyo de escribir.

lunes, 12 de mayo de 2008

41ª Historia Asesina - "Gente que anda por ahí..."

Es así, no se puede hacer nada, es así...

Gente que anda por ahí...

Había una vez gente andaba por ahí y cada uno tenía su cuento. Por ejemplo, el de José Martín Cruz, que acababa de salir de la panadería. Le había quedado debiendo diez centavos a la panadera porque no tenía cambio. Nunca se los pudo devolver: iba a cruzar la calle y lo iba matar un auto conducido por un borracho recién salido de un boliche.
O el de María Agustina Wilde, que estaba volviendo a casa, de noche, después de haber pasado todo el día en la facultad. Dentro de una semana tenía parcial. Nunca lo pudo dar. Un tipo la agarró por sorpresa, le pegó, la violó, la mató y dejó su cuerpo tirado en un descampado.
También el de Gabriel Arturo Salgari, que era un trabajador. O al menos eso era hasta que lo despidieron. Quiso buscar ese sueño americano. Quiso cruzar la frontera en balsa. No lo logró. Un disparo de un oficial de frontera acabó con todo su sueño.
O sino el de Agustina Abigail Delarosa que tenía un hijo. Trabajaba todo el día para él, limpiando mierda en casa ajena. Se enteró que tenía una enfermedad grave. No tenía obra social, porque trabajaba en negro. Murió a los pocos meses.
Sino puede ser el de Franco Manuel Altavilla que tenía dolores por todas partes. No sabía por qué. Al poco tiempo, se enteró de que una central atómica había estado contaminando los pozos de agua. Tenía radiación y miles de sustancias raras en su cuerpo, y no tenía salida.
O quizás el cuento de Fernando Martín Godoy que estaba jugando al fútbol, puede ser. Uno de sus compañeros le pidió un centro para cabecear. El centro nunca llegó: Fernando tuvo un paro cardio-respiratorio y se desplomó en el suelo.
O Juana Alejandra Estevez que era una inmigrante ilegal explotada día a día en un taller oculto. Un día se suicida porque no puede soportarlo más. Tiran su cuerpo al río, donde es encontrada semanas después por alguien que pasaba por ahí.
Otro cuento sino era Mario Juan Zurita que había ido a ver a su equipo favorito a la cancha. Fue a la popular. Desafortunadamente, quedó en el medio de una lucha de barrabravas y terminó muerto en un hospital después de haber recibido un tiro.
O Esteban Diego Sarratea que vivía en una villa de emergencia. No tenía laburo pero tampoco quería robar. Hace dos meses que había empezado a fumar paco, y era seguro que no le iba a quedar mucho más.
Y al final de sus cuentos, cada uno tuvo un final. No comieron perdices, obvio, porque estaban muertos. Pero al fin y al cabo este mundo y su gente funcionan así, si la injusticia, la maldad, la ineptitud y la desidia controlan cada una de sus vidas, ¿por qué no van a controlar sus muertes? Y colorín colorado, estos cuentos, aún no han acabado.

viernes, 25 de abril de 2008

40ª Historia Asesina - "Puntos de vista y de mente" o "Lo que piensan él y ella"

Es claro que cada cabeza es un mundo único.

"Puntos de vista y de mente" o "Lo que piensan él y ella"


(De un lado...)

Qué aburrido… Y todavía tengo un cacho más de viaje… Y se me rompieron los auriculares… Decí que por lo menos viajo sentada. Ay, Dios… Uh. Mirá ese chico que subió, qué lindo. Bueh… Sí, es lindo… A ver, que mire para acá. Mmm… Sí, es lindo. Uy, viene para acá. Uh, se va a sentar al lado mío. Bueno, que venga, que se venga. Mejor saco la mochila.

—Permiso.
—Sí.

Uy, pero mirá lo que es. Es un bomboncito. Como me gustan a mí, alto, pelo castaño. Ojos color miel, qué lindos ojos que tiene. Ahí saca algo de su morral. Un libro… De algo… “Sociología” dice. Ah, debe ser universitario, seguro. Claro, acá nomás está la facultad, seguro que viene de ahí. Uh, ahora me gusta más, porque me gusta que sean responsables, que tengan proyectos, un futuro. Es más, capaz que llega a ser alguien importante. Quién sabe, ¿no? Ah… Me enamoré. Uy, lo estoy mirando mucho. Mejor disimulo, no quiero quedar como una desesperada que… No, no, para nada… La verdad no entiendo un carajo de lo que habla ese libro… Guau… Lo lee muy rápido. Lee bastante rápido, debe ser un chico inteligente. Sí, eso me gusta, porque los que son inteligentes no son de andar jodiendo por la vida y se toman las cosas en serio. Yo quiero eso, alguien que se tome las cosas en serio, que esté cuando yo lo necesite, que sea serio. Bueno, bueno, tampoco taaan serio, sería aburrido. Pero que algunas cosas se la tome en serio. Pero que sea divertido. Uh, no… Pero capaz que estudiando tanto no sea tan divertido. Es más quizás prefiera quedarse los fines de semana estudiando en lugar de salir. No, a mi me gusta salir los fines de semana. Bueno, bueno, pero nadie es tan estudioso. Y menos a su edad. Capaz que sale de vez en cuando. Bah, es más… Está leyendo en el colectivo. O sea, si lee en el colectivo debe ser que después no le da pelota al estudio de en serio. O capaz trabaja de algo. Bueno, es bueno… Si tiene plata podemos salir cada tanto… Y va a poder pagar, ja. Bueno, tampoco es que la plata importe tanto… No es que voy a estar con alguien por interés. Pero plata parece que tiene… Tiene un reproductor de MP3… Y también un celular… No cualquiera tiene… Bueno… Creo. Pero me sigue pareciendo lindo. Y además… Uy, ¡mi parada! ¡Me tengo que bajar! Chau chico lindo, espero verte otro día…

(Y del otro lado...)

La puta madre… Menos mal que salí. Ya estoy cansado de estudiar tanto… Encima tengo que leer el texto para Sociología para mañana…

—Uno con sesenta, por favor.

“Si te toca ir arriba antes que yo, / porque existe la vida eterna, / lleva de parte mía un cucumelo, / por si no llovía en el cielo…”. ¿Dónde me siento? Ah, allá hay un lugar, lado de esa chica. Mejor me siento y aprovecho el viaje para adelantar un poco la lectura. “…supongo que nadie se va del todo, / espero que exista algún lugar, / donde los chicos escuchen mis canciones, / aunque no los escuche opinar.”. A ver dónde está, el libro. Acá está. “Para definir la educación, debemos, pues, considerar los sistemas educativos que existen o han existido, compararlos, separar entre sus caracteres los que le son comunes…”. La puta madre, se me vuelan las hojas, ¿por qué no cierran esa ventanilla de mierda, no ven que así me cuesta más leer? “Habrá que desenvainar las espadas del texto, / y escribir una canción aunque no haya algún pretexto, / y dedicársela al primero que pase caminando, / al que se quedó pensando, al que no quiere pensar…”. Qué buena esta canción… Eh, sí, concentráte, seguí leyendo: “Es múltiple. En efecto, en un sentido, se puede decir que hay tantas especies de educación como elementos diferentes hay en esa sociedad. ¿Está formada por castas? La educación varía…”. Mejor me salteo está parte, y paso a lo otro, porque a esto ya lo había leído. ¿Qué hora es? Las 11:29. Todavía falta un rato para bajar… Che… ¿Cómo estará la Mechi? Hace mucho que no hablo con ella… “Un amigo sale poco de su casa, tiene razón, / allá afuera todo el mundo va armado, / de este lado tengo el corazón, / mi sierra eléctrica no cierra los feriados.” ¿Le mando un mensaje con el celular…? Capaz que está durmiendo… Seguro que está durmiendo. Bueno, pero después me putea porque dice que no me acuerdo de ella. Yo le mando. “hola mechi como estas? tanto tiempo no?” Ahí se lo mandé. No sé para qué. Ella nunca se va a interesar en mi… Ninguna mina lo haría… Argh… Mejor me dejo de boludear y sigo leyendo. A ver, esto ya lo había leído, acá, esta hoja. “Ahora bien, las costumbres y las ideas que determinan dicho tipo, no somos nosotros, individualmente, quienes las hicimos. Son el producto de la vida en común y expresan las necesidades de la misma.” Ah… Cada vez entiendo menos… Durkheim y la puta que te parió… ¿No tenía otra cosa que hacer este tipo, no? “Hay días para quedarse a mirar, / hay días en que hay poco para ver, / hay días sospechosamente light, / hay un deseo que pido siempre que pasa un tren…”. Bueno, también me desconcentro con la música… ¿Y si la apago…? No, mejor no, este tema me gusta. Uh, se baja la chica… Sí, por favor… Quiero estar del lado de la ventanilla. Así voy a estar más cómodo. Ah, sí, así está mucho mejor. Sigamos de una vez, mejor: “Cuando se estudia históricamente la manera como se han formado y desarrollado los sistemas de educación, se ve que ellos dependen de la religión, de la organización política, del grado de desarrollo de las ciencias…”

viernes, 11 de abril de 2008

39ª Historia Asesina - "El inquilino"

Liniers es el seudónimo de Ricardo Siri, quien es un historietista argentino y artista plástico. Famoso en la actualidad por su tira "Macanudo" publicada en el diario La Nación desde 2002, entre otros. El otro día me puse a leer historietas de él, y sencillamente caí impresionado cómo puede hacer humor con cosas cotidianas, tontas y hasta bizarras. Y me topé con este cuento, a su estilo, que aquí presento:

"El inquilino" por Liniers












viernes, 28 de marzo de 2008

38ª Historia Asesina - "Réquiem para un naranjo en flor"

"Primero hay saber sufrir, después amar, después partir... y al fin andar sin pensamiento...". Un tango que inspiró la historia de un fantasma...

Réquiem para un naranjo en flor

A Hómero y Virgilio Expósito,
por haber creado un tango tan bello y exquisito.
A vos
-que aún no tienes nombre-,
aunque nunca te ganes ese título de la nobleza
que yo quiero que tengas

La vieja casona llena de polvo. El color gris consecuente del olvido, el polvo del ayer combinado con el de hoy. Las ventanas que apenas dejan entrar la luz del exterior. Los muebles cubiertos de la seda suave y pegajosa que llaman telarañas. El aire enviciado, no solo por la suciedad, si no por la cantidad de recuerdos que contiene en su extraña esencia, mezcla de melancolías, necedades y tristezas con experiencias, felicidad y armonía.
Un fantasma, gris y mugroso como aquel lugar, despertó una vez más a la misma hora. Recorrió cada rincón de la casa, así como lo hacía hasta el momento de morir sólo y abandonado por la miseria, la desidia y el desamparo. Sus facciones grises seudoinvisibles habían de dejado de mutar con el paso del tiempo. Pero no sus costumbres.
Caminó hasta el living. Sus paredes empapeladas con plumas marrones muy mohosas y el papel que parecía tener siglos de antiguedad daban un aroma raro a viejo y oxidado. El piano negro, de pared, era el único elemento que se había salvado de todo el olvido de aquel anticuado lugar.
El fantasma, acariciando la tapa con cariño, miró al instrumento. Corrió la banqueta para acomodarla y sentarse. Levanto la tapa suavemente y miró el teclado con sus secuencias de blancos y negros.
Con un dedo presionó una tecla, cuyo sonido inmutó toda la habitación dormida. Y con la otra mano presionó otras teclas. Y otras. Y luego, de a poco, cada una de las teclas y sus sonidos se fueron convirtiendo en música. Y la música tomó identidad: un viejo tango.
Y el fantasma cantó:

-"Era más blanda que el agua
que el agua blanda...
Era más fresca que el río,
naranjo en flor..."


Y de repente, la habitación dejó de ser gris. Y tomó los colores con los que en antaño se vistió. Y su aroma también cambió, a flores, miles de flores de naranjo. Y el fantasma fue niño. Y una niña pequeña se acercó. Sus cabellos enrulados y sus ojos celestes lo miraron tocar. Un gesto, una sonrisa inocente escapó de su boca. Y luego desapareció.

-"Y en esa calle de estío,
calle perdida...
dejó un pedazo de vida
y se marchó..."


En el lugar de esa niña, otra apareció. Un poco más grande, llevaba el pelo recogido con miles de largos y brillantes rizos azabache. Pero sus ojos verdes ni lo miraron. Simplemente la niña se sentó en un banco y se dedicó a escribir algo en un papel. Y luego, sólo miró el techo. Y el fantasma siguió tocando, ahora siendo unos años más grande.

-"Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir
y al fin andar sin pensamiento..."


La niña de la silla desapareció. Y luego por la puerta entró una jovencita. Su piel blanca resaltaba y hacía juego con sus ojos café. Su sonrisa, la más amplia y hermosa que había visto en la vida. Sus ojos se posaron en él y le regalaron dicha sonrisa.

-"Perfume de naranjo en flor,
promesas vanas de un amor
que se escaparon en el viento..."


La jovencita de los ojos café se sentó junto a él. Y ahora, ambos a medias, uno con cada mano, continuaron tocando ese viejo tango. Mientras tocaban, la jovencita lo miraba y le seguía regalando sonrisas. Y el fantasma cantó, ahora siendo un joven adolescente:

-"Después, qué importa del después
Toda mi vida es el ayer
que me detiene en el pasado..."


En ese momento, la melodía quedó a medias. La jovencita de los ojos café se levantó inesperadamente y se hizo a un lado y el fantasma volvió a tocar con sus dos manos. Y volvió a aparecer otra muchacha, en su lugar. Una muchacha de tez morocha y cabello largísimo. Y alta, muy alta. Y muy bella. Se acercó por detrás, le tocó los hombros y le miró tocar unos compases. Mientras la jovencita se quedó mirándoles unos segundos.

-"Eterna y vieja juventud
que me ha dejado acobardado...
como un pájaro sin luz..."


Lo besó en una mejilla y se retiró por una puerta. La jovencita permanecía allí. Y el fantasma, tocó solo durante todo ese tiempo. Y se convirtió en un joven adulto. Y cantó:

-"¿Qué le habrán hecho mis manos?
¿Que le habrán hecho,
para dejarme en el pecho
tanto dolor?"


Y entonces de la nada, apareció una mujercita de rojos cabellos furiosos. Y ojos verdes, y su piel pálida y llena de belleza. Contemplativa, miró al fantasma, y se sentó con él a tocar a medias, como lo había hecho con la jovencita de los ojos café, que aún estaba ahí y miraba, al margen. El fantasma cantó:

-"Dolor de vieja arboleda,
canción de esquina,
con un pedazo de vida,
naranjo en flor..."


En un momento, cuando no se dio cuenta, la mujercita de los cabellos rojos tocaba el piano ella sola. El fantasma sólo miraba. Y en un momento, miró hacia atrás y vio a la jovencita de los ojos café. Ella aún lo miraba y le sonreía. Aún a pesar de todo. La mujercita pelirroja lo miró. Y dejo de tocar. Y el fantasma, ahora ya un adulto, volvió a tocar. Una vez más, quedó solo frente al teclado, y tocó. Pero esta vez la jovencita de los ojos café y el fantasma cantaron:

-"Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir
y al fin andar sin pensamiento...
Perfume de naranjo en flor,
promesas vanas de un amor
que se escaparon en el viento..."


Y los últimos acordes terminaron. Y todo volvió a ser gris. Y el fantasma volvió a ser gris y viejo. Las luces se fueron, y el perfume. El fantasma cerró la tapa, y sonrió.
-No importa lo que suceda... Nadie canta como ella.

martes, 25 de marzo de 2008

37ª Historia Asesina - "Un paseo en auto"

Las casualidades, las causalidades y las confusiones siempre existen

"Un paseo en auto"

"Cuántas veces yo pensé en volver
y decir que de mi amor nada cambió
pero mi silencio fue mayor
y en la distancia muero
día a día sin saberlo tú..."
Roberto y Erasmo Carlos


Iba pensando en la vida. Mis manos frías en esa noche de invierno tomaban control del volante. Las luces se abrían de par en par a medida que transitaba mi camino, y a medida que la oscuridad se iba ciñendo por arriba de mi cabeza y la de mi vehículo. La radio pasaba un tango reversionado por algún intérprete moderno. Un tango que me retrotrajo en el tiempo, al otrora cantado por otro y escuchado por mi abuelo durante las tardes soleadas en Floresta.
En uno de los respiros que me dio el tránsito adverso, en la calle Gualeguaychú, y a punto de meterme en Juan B. Justo, vi a aquella mujer que caminaba llevando consigo miles de recuerdos e ilusiones. Esa mujer que pensé que nunca volvería a ver.
En realidad nunca pensé que volvería a transitar esas calles.
Una vez más me encontré a mi mismo caminando, en un dejo involuntario de melancolía. Aunque igualmente las cosas ya no eran iguales ni mucho menos. Ya no era el mismo que fui. Ni tampoco en ese entonces.
Prendí un cigarrillo y abrí la ventana para dejar salir el humo, a pesar del frío. Y de Juan B. Justo pasé a Segurola y por ahí tenía planeado ir derecho a Rivadavia. En las vías del otro lado, pasó un auto rojo, un modelo de esos modernos pero que no reconocí por mi poca sabiduría en esos menesteres. Dos chicas, jóvenes y bonitas, pasaron junto a mí y me tocaron la bocina dos veces.
Fue raro. Me sentí entre raro y halagado, porque noté que fue una especie de saludo. O al menos tenía entendido que tenía ese significado y que fue a mí, porque no pasaba nadie más en ese momento y en ese lugar. Y así me encontré sonriendo. No pensé que les parecería atractivo a un par de mujeres. Quizás eso era pauta de que no todo estaba perdido. Y que a pesar de los recuerdos que me traía el dichoso lugar, tanto buenos como no tanto, quizás el volver no era un mal augurio.
Y puede ser. Porque cuando uno ve todo negro es mucho más fácil detectar la luz. Y se conforma con ver un pequeño haz para que lo salve.
Es más, pensé en pegar media vuelta y seguir a las mujeres. Quién sabe, a veces en la vida hay que pegar un volantazo para que cambien las cosas. Quizás devolverles la gentileza. Luego nos saludamos. Las conozco, y una de ellas me deslumbre y nos enamoremos, y nos conozcamos. Luego nos damos cuenta que nos amamos, y decidimos comprometernos, casarnos y ser felices. Y después vienen los hijos y los nietos... Y así, quizás finalmente sea feliz. Quién sabe... Hay que arriesgarse.

...

-¿Pero viste qué pelotudo ese chabón? ¡¿Quién le habrá enseñado a manejar?! -dijo la conductora del auto rojo.
-Pero vos también, ¿por qué no te tocaste la bocina? -le reclamó la acompañante.
-¡La apreté y no sonaba!
-¿Cómo que no?
-¡No! ¡No sonó!
-¿A ver?
La acompañante apreta la bocina dos veces, y suena, efectivamente, dos veces. Un auto gris, casualmente pasa por enfrente en ese momento.
-¿Ves que anda?
-Bueno, pero antes no andaba...

miércoles, 19 de marzo de 2008

36ª Historia Asesina - Zapatos rotos o una historia de desidias

Una historia de pobreza, desidia y pasado.

"Zapatos rotos o una historia de desidias"

Llegó del colegio, como siempre. La tarea de civica y de matemática dejaron de estar en su cabeza, porque cuando llegó otros pensamientos llegaron. Era la hora de comer.
-Mamá, ya llegué -dijo.
Pero no obtuvo respuesta. "Raro", pensó. No estaba ni ella, ni sus hermanitos. Tenía hambre, así que decidió cocinarse él mismo con lo que encontró en la alacena. Un guiso haría de buen almuerzo, además de que no era la primera vez que le tocaba cocinarse.
Se sentó a la mesa, y se miró los pies. Sus zapatos de cuero daban lástima, tendrían como mínimo unos diez años, seguramente llegaron a sus pies después de que dos o tres de sus hermanos mayores los usaran. Movió los dedos y de repente pareció que hablaban. Porque ahora tenían una boca formada por el movimiento de los dedos y la rotura de la punta.

"No... Más mala suerte no puedo tener"...

Terminó de comer. Sacó un poco de agua de la bomba de afuera y lavó los utensillos que usó para cocinar con ella. Después guardó todo y se sentó de nuevo en la mesa.
Había un silencio inusual. Siempre estaba el griterio por ahí de los hermanos, de la madre, o de quien fuese. Pero ahora no había nada.
Hizo la tarea de matemática, algo en lo que era bueno. La verdad es que nunca le había costado ir al colegio. Y hasta le gustaba. Quién sabe, quizás estudiando podía salir de toda esa miseria y ser alguien mejor que sus padres.

Ya eran las ocho de la noche. Y nadie se aparecía. No había nadie ni nada. Estaba realmente sólo. Aunque toda la vida había sido así, en casa y con más de doce hermanos, cada uno hacía su vida por su lado, como podía y como quería. Incluso uno de sus hermanos, cuando vivían en la vieja casa de Avellaneda, había dejado a su familia para irse a vivir con el dueño del almacén en el que trabajaba. Ahora, en Bosques, la cosa no era muy distinta, y había incluso nuevos hermanos. Y la verdad que aunque estuviera su madre o no, él hacia cómo podía las cosas. Y hasta había seguido la secundaria no porque lo habían obligado sino porque así él lo había querido. Entonces, era lo mismo, pero ahora no estaba el bullicio de siempre.

Al día siguiente apareció en el colegio como siempre. Las clases de siempre, como siempre. Y avergonzado, trataba de esconder sus zapatos rotos, para que no se dieran cuenta los demás. Por eso ni se movió ese día. Y cuando fue la hora de salir, salió rápido para que nadie lo viera.

Esa tarde, nadie apareció en casa. Y tampoco al día siguiente. Ni al otro.

"¿Dónde estaban todos?", preguntó cuando habían ya pasado quince días. Hace dos había tomado la decisión de dejar la escuela y buscarse un trabajo, porque ya no había nada para comer. Luz ya no tenía, se la habían cortado hace cinco días, e intentaba hacer su tarea con la luz de las velas.
-¿Pero cómo vas a dejar...? -le dijeron sus compañeros cuando anunció su deserción- ¡Falta un año nomás!

Pero es que ni para velas tenía ya, era más importante sobrevivir ahora.

Empezó trabajando limpiando un edificio de oficinas a la noche, pagaban mal, pero era más importante sobrevivir ahora.

Al mes, cuando se fue a vivir a la casa de uno de sus hermanos mayores que de casualidad lo encontró solo y en la más completa oscuridad de la casa, se enteró de que mamá y sus hermanitos se fueron todos para corrientes. Y que papá estaba viviendo solo en una casilla allá por Berazategui. Y bueno, como siempre lo fue, era más importante sobrevivir ahora.

Y bueno, sobrevivió nomás.

Cuando terminó de escribir esta historia, unos cuantos años después, se acordó de la película Mi Pobre Angelito, cuando la vio con sus propios hijos. Él había vivido una versión más trágica de la misma historia de desidia y olvido. Y cómo era un joven ingenuo, con zapatos rotos y hambre, quizás por eso su familia nunca volvió el día de Navidad a abrazarlo. O quizás porque nunca lo habían abrazado.

O quizás porque nunca tuvo familia.

O quizás porque sus zapatos reparados y los abrazos llegarían quizás mucho tiempo después.

domingo, 9 de marzo de 2008

35ª Historia Asesina - "La última noche de la luna"

Siempre me pregunto ¿qué pasaría si...? Y esto es lo que salió de esta pregunta...

"La última noche de la luna"

"Mirando ese brillo que tenés,
lo blanco de tus ojos que es lo único que te queda de verdad
Tus manos que no las tienes, no para mí
y tu boca que yace como piedra dura, fría e inmóvil.
No me muestras los dientes pues tampoco me sonríes.
Y yo que muero por estar con vos...
Y vos que, frialdad y crueldad mediante, te mantienes lejos de mi...
Me inspirás a tantas cosas y cuando te miro también lloro.
Y cuando llueve y no te puedo ver no me queda otra que esperarte asomada a mi ventana.
Y a veces con amistades, otras con la soledad. Siempre me provocás cosas tan extrañas...
Vos y yo, absortos uno en el otro, intentando descifrarnos...
Yo sin entender ya nada y vos inerte en tu lugar.

¿Cómo puede ser, querida luna, que no te canses de inspirarme?"

Daniela Gutiérrez (extraído del blog "CAPITAL")

Fue la noticia del momento. Y todavía me acuerdo del momento en el cual la escuché por primera vez. Y él momento después del hecho.
Estaba yo sentado en el sillón, devorándome una torta frita que mi madre había cocinado muy felizmente ese día nublado. Había vuelto de mis clases de inglés, y estaba viendo por la televisión a la novela de la tarde, con la que me había enganchado por la culpa de mis hermanas.
"Flash informativo", anunció en el momento de los comerciales con desesperación la televisión. "Uf... ¿Y ahora qué pasó?".

"En un informe de último momento, la agencia Espacial NASA acaba de anunciar que un asteroide de 29 metros de ancho se acerca hacia la Tierra. Astronomos de dicha entidad descubrieron que se acerca a una velocidad de 28 kilometros por segundo. Sin embargo, según las estimaciones, el cuerpo no tendría contacto con la Tierra, sino que con la Luna. 'Por la magnitud del cuerpo, es muy probable que la luna se destruya', dijeron las autoridades'".

"O sea", pensé, "no va a haber más luna". No lo podía creer.
-¡Ma, mirá! -gritó mi hermana.
-¿Qué pasó? -dijo ella saliendo de la cocina.
-¡Se va a destruir la luna!
-No, dicen que es probable -dije-. Es como cuando decían que un asteroide iba a chocar con la Tierra y que sé yo...
-Pero mirá si es verdad -dijo mi hermana-. O sea que no va a haber más luna... Ni luna llena, ni nada de eso.
-No va a haber más hombres lobos -dijo bromeando mi mamá.
Me reí, y miré a mi hermana preocupada por el fenomeno por venir.
-Tranquila, nena, no va a pasar nada.
-¿Seguro?
-Sí, seguro.
Esa misma noche, me acerqué a mi ventana y quise ver la luna. Pero no podía, porque las nubes la tapaban.
-¿Sin luna puede pasar algo malo? -dijo mi hermana que entraba por la puerta.
-Mmmm... Quizás haya trastornos con la marea... Quizás la marea esté más alta porque influye en eso... Bah, algo así, no sé, no la tengo muy clara tampoco.
-¿Y los marcianos que viven en la luna dónde van a ir?
-Ja, ja, ja... No tonta, no hay marcianos en la luna.
-¿No?
-No. Y capaz que se fueron para otro lado ya.
-Aja...
-No tengas miedo, no va a pasar nada, nena. Andá a dormir.
-Pero a mi me gusta la luna. Es linda, plateada, hermosa. Me gusta verla a la noche mucho tiempo, es como una amiga que está allá, lejos muy lejos. A veces hablo con la luna.
-Entiendo.
-Yo no quiero que se destruya.
-Bueno, tranquila. Capaz que los científicos esos se equivocaron. Por ahí no la destruyen y le hacen un crater nomás. Andá a dormir -dije, echandola de mi pieza.
Era raro. Seguía escéptico a que algo así pudiera suceder, pero me preocupaba un mundo sin luna. Recordaba yo también muchos días mirándola. Hasta algún que otro poema que había escrito en su honor, que tenía guardado por ahí.
Y lo peor es que ese dia no la veía.
A la mañana siguiente fui a la casa de mi amiga, Patricia, pero le decíamos "Pato". Me había invitado a desayunar. Y sucedió lo que esperaba: otra persona más preocupada por el destino de la luna.
-Es que, ¿entendés lo que significa? -me explicaba- Es como que, como que no hubiera sol... Bah, no como eso... Pero la luna es algo importante... Es, es como...
-Calmáte, estás como mi hermanita ya... ¿Me vas a decir que vos también hablabas con la luna?
-Claro. ¿Nunca lo hiciste?
-Eh... No. O sea, ¿querés que hable con algo que no me va a responder?
-¿Y? ¿Qué tiene? ¿Por qué alguien te tiene que responder? La luna te escucha. Eso es lo importante.
Esa mañana, los noticieros anunciaron el día y la hora del impacto del asteroide: 7 de enero a las 1:00, o sea mañana a la madrugada. Parecía que era cierto nomás.
-Ay, Dios... -suspiró mi amiga.
-Bueno, che... Tampoco es para tanto...
-Ah, ¿no? Lucila está re preocupada por esto. Es más, va a venir para acá a ver juntas la última noche de la luna.
-En... ¿serio?
-Sí.
Lucila era mi más bella debilidad. Era la mejor amiga de Pato, y siempre me gustó. Pero ella estaba confundida y no sabía si me quería a mí o a otro chico.
-¿Vas a venir a ver la luna con nosotros? -dijo ella con complicidad.
-Eh... No sé.
-Dale, vení. Está re sensible por eso, podés aprovecharlo... Decíle que vos también estás consternado porque no va a haber más luna -me decía guinándome un ojo-. La comprás con eso, seguro.
-Bueno, está bien.
Y toda la tarde estuve pensando en eso. Pero no sólo en ella, sino también en la luna. Pucha madre, era raro. Muy raro...
-¿Qué pasa hijo?
-No, nada. Ah, a la noche voy a la casa de Pato.
-¿Para qué? Ah, ya sé, a ver a la luna. ¿Vos también la vas a extrañar?
-Eh... Sí...
-Yo también. A mi me gustaba hablar con ella.
-¡Bueh! ¡Parece que es una gran confidente de todo el mundo, che!
-Y sí. La luna siempre está ahí para escucharte. Las personas no siempre.
-Sí, supongo.
-Es una gran pérdida, pero nada es para siempre -dijo sonriendo y se fue.
A la noche fui para lo de Pato. Obviamente que estaba en la vereda mirando al cielo.
-Hola, nene.
-Hola.
-Tu chica está allá adentro, fue al baño.
-Ah.
Me quedé mirando un poco el cielo con ella. Después la miré y le pregunté:
-Che, Pato, ¿qué cosas le contabas a la luna?
-Le contaba de todo, todo lo que me pasaba, todo lo que sentía cuando estaba triste. Bueno cuando estoy contenta también le cuento cosas, muchas. ¿Nunca probaste?
-No...
-Probá entonces. Vas a ver que ella te escucha...
-Sabés que no creo en esas cosas.
-¡Probá y no seas cabeza dura!
-OK, OK...
Pato se levantó y se fue. Yo miré la luna... Y lo que pronto no iba a estar más. Me acuerdo que de chico, cuando viajaba en auto y en colectivo, miraba por la ventanilla y la veía, y parecía que te seguía. Y me acuerdo que una vez en el campo, fuera de toda luz artificial, vi que era la única luz y era muy lindo.
-Luna... -balbuceé con vergüenza- Bueno, qué sé yo. Me dijeron que era bueno hablarte, que te servía, que era lindo... No sé, la verdad es que soy muy escéptico en esas cosas que son medías supersticiosas... La verdad es una lástima perderte... En serio, porque, o sea, estás ahí siempre, estás como algo bueno... Qué sé yo... Das luz... Bueno, inspiraste a muchas personas y bueno... Qué sé yo. La verdad ahora es que me da un poco de lastima... Y muchos acá, más que yo te van a extrañar... Como Pato y como Lucila. Me dijo Pato que Lucila está mal... Y bueno, pobre. Sos una gran confidente, y te voy a contar un secreto: Lucila es la persona que más quiero en el mundo, ¿sabés? Es muy linda, y me da ternura que se ponga sensible por todo esto. O sea, es una persona profunda y muestra muchas cosas lindas en ella. Por eso es que me gusta tanto, aunque ella no me dé tanta pelota... Pero bueno, no importa. Pero a veces me gustaría ser tan importante para ella como por lo visto lo sos vos, ¿entendés?
-¿Alejandro? ¿Eso que decís es cierto? -escuché alguien que habló a espaldas mío.
Avergonzado me di vuelta y la vi: era Lucila.
-Lucila... Yo... yo...
Ella sonrió:
-Me dijo Pato que estabas hablando con la luna y quise ver... Me parece tierno en vos eso, no sabía que también hablabas con la luna...
-Bueno, yo...
-¿Pensás eso de mí?
-Eh... Sí, sí...
-Sos un tierno, en serio -y me besó.
Se sentó junto a mí. Y el reloj marcó las 1:02, y entonces vimos con un poco de miedo e impresión como en un destello y una especie de implosión que hizo que la noche se haga día por unos segundos, vimos desaparecer al satelite terrestre. Lucila me abrazó y vimos juntos como se iba esa musa eterna del hombre.
Y por eso es que siempre que miro al cielo, que ahora parece vacío y triste, recuerdo el beso que me dio Lucila entre lágrimas, un momento después. También oí el llanto de Pato detrás de nosotros. Todos habían perdido algo muy importante. Y también recuerdo que nada volvió a ser igual desde entonces.

martes, 4 de marzo de 2008

34ª Historia Asesina - "Ella tenía una lágrima"

Profe, si alguna vez lee esto, nuevamente le pido disculpas por publicar un cuento suyo una vez más. Pero es que el día de hoy lo sentí así.

"Ella tenía una lágrima" por Mariano Ritterstein

"...hoy tu lloras un poco para compensar
Si no lloras un día, no lloras más
A veces algo me hace olvidar
algunos cosas que no quiero amar..."

Luis Alberto Spinetta

Ella tenía una lágrima.
No sabía bien su origen, pero ella sabía que tenía una lágrima.
Allí, colgando de una de sus pestañas, pegada al lagrimal, había una lágrima.
Hacía mucho tiempo que ella no lloraba. Hasta se podía llegar a decir, sin temor a faltar a la verdad, que ella no recordaba cómo era una lágrima.
Tampoco recordaba la última vez que había caído en llanto, y suponía que quizás había transcurrido ya un siglo o dos.
Como una temerosa gota cuyo destino inmediato es el desierto, la lágrima parecía no querer caer por la mejilla de su dueña.
Tampoco ella atinaba a hacer nada, por miedo a perderla. No tenía apuro en buscar un pañuelo para secársela, ni tampoco quería quitarla con sus dedos, como hubiera hecho cualquier persona común y corriente.
Al fin y al cabo, aunque no supiera su procedencia, ella tenía una lágrima.
Extraña sensación esa de tener una lágrima y no saber el por qué. El paso del tiempo la había endurecido, las desgracias le habían puesto una muralla casi infranqueable y había mandado a archivo a su corazón.
Rara mañana ésta, en la cual ella se despertó con una lágrima.
De chiquita solía llorar adrede, para sentir el tenue sabor a sal cuando el llanto le mojaba los labios. Pero eran otros tiempos. Lejanos en el recuerdo, cercanos en el olvido.
Se levantó de la cama, con movimientos suaves para no perder a su lágrima. Se calzó unas pantuflas de color rosa viejo y lentamente se acercó hasta el baño, donde había un añejo espejo. Con una suavidad pasmosa, movió su mano izquierda hacia arriba y encendió la luz del lugar. Luego levantando apenas un poco la nariz, miró al reflejo de su rostro.
Allí encontró a su lágrima.
Sí, ella tenía una lágrima.
Al ver a su lágrima sola, sintió cierta impotencia al no saber por qué estaba allí.
Con bronca, arrojó el vaso con el que solía enjuagarse la boca contra el reflexivo cristal.
Entonces el espejo se convirtió en miles de astillas desparramadas por el piso, transformando a esa lágrima en miles más.
Ella tenía un montón de lágrimas
Y comprendió que ahora sí estaba llorando.
Y que sabía bien por qué.

domingo, 24 de febrero de 2008

33ª Historia Asesina - "La transformación"

Estoy loco, soy un pervertido, también hago plagio y muchas cosas más que constatarán con este cuento...

Y la cáscara mascara, tapa la cara
Que ríe y que llora, y que te mintió.
Y la chica que pasa, te deja su olor
En el pecho caliente, como una flor.

Eduardo Schmidt


"La transformación"


Un día más en su vida. Otra chica más en su cama que despertaba semidesnuda, y lo de semi seguro que era por las sábanas que la cubrían.
Había sido una noche candente, con mucho sexo desenfrenado, muy caliente. Hubo mucha piel desde el primer momento, allá en el boliche. El punto máximo fue cuando en el roce del baile al ritmo de la música proveniente de Puerto Rico o Panamá, aún se discute su origen, sus cuerpos se pegaron y danzaron juntos como uno sólo. En ese momento se dio cuenta que esa noche nuevamente tendría compañía en la cama.
Y esa mañana, ya sin los efectos de las bebidas alcoholicas, aunque quizás con algunas secuelas de la resaca, miró a quien estaba en la cama.
No lo podía creer.
Miró de vuelta.
Y no lo podía creer.
Era imposible.
Pero sus ojos no mentían, para nada.
Quizás la luces o el alcohol lo confundieron. Claro, entre todo ese jolgorio uno realmente no puede ver bien las cosas. Además, tenía un poco de miopía, tenía que usar anteojos, pero se negaba porque no iba a su estilo. Pero de adolescente la doctora le había dicho bromeando: "tenés que usarlos siempre... Yo me llevé cada chasco en mi juventud por no usarlos". Entonces tan en joda no lo dijo.
¿Y ahora que iba a hacer? ¿Eh? ¿Qué iba a hacer? ¿Qué le iba a decir?
¿Cómo pudo ser capaz de coger con...? ¡No! ¡No puede ser! ¿Cómo pudo? ¿Me podés decir?
De repente se asustó más. Mirá si entre el pedo que tuvo no usó forro. ¡Mirá si no usó forro! Desesperado, pero sigilosamente, se levantó de la cama para no despertar a su concomitante. Abrió el cajón, pero no estaba la cajita de los Prime. No, pero la había tirado antes de salir, total para tener uno sólo y cajita al pedo. Claro, tenía que comprar una en el camino. ¡Pero mirá si no compró! Buscó en el cuarto algún rastro de algo. Pero nada.
Fue al baño, miró en el inodoro, y nada. Se sentó y aprovechó para orinar un poco porque tenía ganas. Suspiró, medio asustado. Quizás había tirado la cadena. Pero bueno, no quedaba otra que cuando se levantara, preguntar.
¡La puta madre! ¡Mirá si se agarraba alguna enfermedad! Y siempre había sido cuidadoso con eso, muy cuidadoso. Siempre se cuidó, siempre. ¡Pero mirá si se agarraba algún SIDA o uno de esas cosas por... por...! ¡Por cogerse a un tipo!
Fue a la cocina y se preparó un café, para tratar de calmarse un poco. Y de repente, en una de esas del destino se miró. Se miró en el reflejo del vidrio de la alacena. Y corrió al baño, a mirarse al espejo. Antes, en la apurada no se había visto mucho. Pero ahora prestó mucha atención.
Su pelo, era largo, muy largo, hasta la mitad de la espalda le llegaba. Sus dedos eran finos y tenía las uñas largas. Su cara era más chica. Y hasta se sintió más petiso. Miró hacia abajo.
Y no lo podía creer otra vez.
Eran dos.
¡Dos!
Bueh, era lo lógico.
Pero eran grandes.
Bastante.
Y se sacó después la ropa interior.
Casi se muere del susto.
No había nada.
Bueno, en realidad si había algo.
Pero no lo que estaba siempre ahí, había un... hueco.
¡Tenía tetas, tenía culo, tenía... tenía...! ¡Tenía concha! ¡La concha suya! ¡Tenía concha!
En ese momento, escuchó que su compañero de cama se levantó y se acercó. Y abrió la puerta del baño.
-Hola, hermosa -le dijo- ¿Cómo estás?
Y así era. De alguna manera que no entendía, era ya toda una mujercita.

jueves, 21 de febrero de 2008

32ª Historia Asesina - "Dante y la Mujer de sus sueños"

Fragmento de una novela que se encuentra en desarrollo.

"Dante y la Mujer de sus sueños"

A la mañana siguiente, Dante se levantó bien temprano. Aunque no tanto, Fausto ya estaba levantado, concentrado en sus labores diarias, cociendo el pan que comerían todos más tarde.
Fue hasta la orilla del río Ignaset. El agua estaba clara, por las lluvias recientes, y reflejaba con mucha fuerza la luz del sol mañanero. Se sentó al pie del árbol y lo contempló. Luego se acercó y bebió un poco del agua pura que emanaba de la cuenca, y después se mojó un poco la cara. Volvió a sentarse.
Esta vez no trajo la espada consigo. Ni siquiera la armadura. Se sentía raro sin ellos, luego de haber viajado tanto y con tantos peligros alrededor. Sin embargo, se sentía protegido ahí.
"Es una especie de falta de respeto llevar un arma sólo para defensa", le había dicho Lucelia unos días antes, "pues aquí nadie va a lastimarte. Es una especie de desconfíanza hacia el resto". Quizás por eso no llevaba sus atavios de siempre.
Miró una vez más al río. Recordó que una vez más soño con su mujer, la de sus sueños. Ya a esta altura era suya, aunque no fuese real. Esa noche la había soñado acercándose a él, mientras el dormía, a la cama y se acostaba con él y dormían ambos abrazados. Luego él abría los ojos y la besaba y luego se dormían una vez más, diciéndose cosas lindas bajo las sábanas.

"No puede ser esto", pensó, "no puedo estar enamorado de alguien que no conozco". Pero así lo era. Amaba a alguien que nunca en su vida había visto. Conocía a muchas mujeres, Lucrecia, Nadira, Lucelia, pero en ninguna de ellas que vio tenía algo que pudiera decir: "se parece a ella". La mujer de su sueño era única.
En todo ese tiempo habían cruzado algunas palabras y sólo en sueños. Apenas conocía la silueta de ella, esa imagen que le daba la pantalla de su sueño. Pero quién sabía si lo que veía era lo real, si esa mujer que veía era real. Era como conocer a alguien a la distancia, como si sólo se envíaran pequeños mensajes entre sí cada tanto. Pero no había contacto real, no había contacto humano.
Pero la amaba. No le importaba lo que dijera Lucelia o cualquier otra persona de si era real o no esa mujer. Él la amaba, y estaba dispuesto a arriesgarse a lo que ella fuera, fuese eso malo o bueno. Era un hombre enamorado, y daría todo como ese gran caballero y general que era por su amada.

lunes, 18 de febrero de 2008

31ª Historia Asesina - "Lo que se dice un ídolo"

Un cuento del Negro, de esos que tienen la pasión del fútbol

"Lo que se dice un ídolo" por Roberto Fontanarrosa

Pedrito se apioló tarde de cómo venía la mano. Porque él podía haber sido un ídolo, un ídolo popular, desde mucho tiempo antes. Lo que pasa que el Pedro, vos viste cómo es, un tipo que se pasa de correcto, de buen tipo.
Decime vos, ocho años jugando en primera y no lo habían expulsado nunca. ¡Nunca, mi viejo nunca! Ni una expulsión ni una tarjeta amarilla aunque sea. Y mirá que liga, eh. Porque siempre fue para adelante y lo estrolaban que daba gusto. Muy respetado por los rivales, por el referí, por todos, pero le pegaban cada guadañazo que ni te cuento. y sin embargo, nunca reaccionó. mirá que más de una vez se podía haber levantado y haberle puesto un castañazo al que le había hecho el ful, o a la vuelta siguiente encajarle un codazo, pero él... nada che. Una niña. Un duque el Pedro. Claro, ¿cómo no lo iban a querer? Los contrarios, los compañeros, todos. Pero... ¿querés que te diga? No sé si era cariño, cariño. por ahí era respeto, más que nada. Respeto. ¿viste? Porque mirá que yo lo conozco al Pedro y te digo que no es un tipo demasiado fácil para acercarse, para hablar, para... ¿cómo te digo?... para que se te franquee. ¿Viste? No es un tipo que va a venir y sin que vos le preguntés nada te va a contar de algún balurdo que tiene, algún fato afectivo... no, no es de esos. Es un tipo más bien reconcentrado que, a veces, para que te cuente qué le pasa, la puta, se lo tenés que preguntar mil veces, y eso que a mí me conoce mucho.
Incluso yo a veces le decía: “No dejés que te peguen” porque me daba bronca ver cómo la ligaba y se quedaba muzarella. “No dejes que te peguen, Pedro” le decía. “Poneles una quema, meteles una buena plancha, a ver si así te van a entrar tan fuerte”.
Y me decía que no, que es muy jodido pegar siempre siendo delantero. Sí, andá a decirle al Pepe Sasía eso, andá a decirle al cordobés Willington que no se puede pegar siendo delantero. O al negro Pelé, sin ir más lejos, que tiene el record de tipos quebrados. Andá a decirle al Pepe Sasía que a los delanteros les es más difícil pegar. El Pepe te metía cada hostiazo que te arrancaba la sabiola. Le bajaba cada plancha a los fulbá que te la voglio dire. Pero al Pedro qué le iba a pedir eso. Si ni cuando se armaban esos bolonquis de todos contra todos o esos entreveros con el referí en el medio, que son ¿sabe qué? pa' repartir tupido, son una uva, él se quedaba a un costado, con los bracitos en la cintura, ni se acercaba. Y en esos entreveros no hay peligro ni de que te echen, ahí te meten esos puntines en los tobillos, o te tiran del pelo, te meten los dedos en los ojos o te african un cabezazo y vale todo. Nadie vio nada. Que siga la joda. Y no era que el Pedro no se metiera de cagón, ¿eh? Porque eso sí, de cagón nunca tuvo un carajo. Un tipo que se mete en el área como se mete el Pedro, oíme, a un tipo de esos ni en pedo lo podés catalogar de cagón.
Pedro no se calentaba. Tenía eso. No se calentaba. No era un tipo que se podía calentar. Lo fajaban y se quedaba en el molde. Y la hinchada lo quería, sí, pero nada más. Cuando salía de los vestuarios, después del partido, las palmaditas, “Bien Pedro”, “Buena Pedrito”. pero ahí nomás. A veces algún cantito. O no lo puteaban demasiado cuando perdían. El Pedro siempre normal, en siete puntos, seis puntos, como diría el Flaco.
¿Sabés cuál era la cagada del Pedro? Yo lo estuve pensando. Era muy lógico. Mirá vos, era muy lógico. Nunca decía algo fuera de la lógica. Todo era, digamos, criterioso. Pensando. Lógico, todo era lógico. Me acuerdo que íbamos a jugar contra Boca, en Buenos Aires, y le preguntan qué pensaba del partido. Y él contesta que lo más probable era que perdiéramos. Que con un empate estábamos hechos. ¡Por supuesto que lo más probable cuando salís de visitante es que te hagan el hoyo, y no en cancha de Boca, en cualquiera!
Pero, viejo, qué sé yo, agrandate, decí: “les vamos a romper el culo”, “les vamos a hacer tricota”, qué sé yo. No te digo siempre, pero alguna vez, andá en ganador. No, el Pedro siempre con la justa: “La verdad que nos van a ganar”. “Si sacamos un empate estamos hechos”. “La lógica es que nos rompan el orto”.
Claro, desde un punto de vista razonable, todo lo que él declaraba era cierto. No se le podía discutir. O cuando se perdía. Era lo mismo que cuando lo fajaban. Siempre estaba de acuerdo con el resultado. “Nos ganaron bien”, “jugando así nosotros, era lógico que nos ganaran”, “nos tendrían que haber hecho más goles”. Nunca se enojaba. Era como cuando lo fajaban los defensores. Se la bancaba siempre. Nunca ibas a leer declaraciones de que les habían afanado el partido, que los habían cagado a patadas, que les habían cagado a patadas, que les habrían cobrado un gol en offside. Nunca. ¡Te imaginás! Fue premio a la caballerosidad deportiva como mil veces.
Y cuando se armó la primera vez este fato con la mina ésa, también. Porque tampoco el Pedro era un tipo que le podías buscar una fulería en su vida privada.
Padres macanudos, ningún problema con los viejos, y la Isabel, la noviecita de toda la vida. Y pará de contar. Ni jodas, ni calavereadas, ni un chancletazo por ahí. Nada. Fue cuando le inventaron el fato ese con la Mirna Clay, la cabaretera esa. ¡Mirá vos! Justamente a Pedro venirle a inventar que se encamaba con esa mina. Al Pedro, que la Isabelita lo tenía más marcado que los fulbás contrarios. Y además, ni falta hacía marcarlo, porque para eso era un nabo. Pero vos viste que hay periodistas que ya no saben qué carajo inventar y armaron todo el verso ese de que el Pedro andaba con la Mirna Clay. ¡El quilombo que se armó! ¡Para qué! El Pedro, ahí sí, fue a la revista, chilló, tiró la bronca y los ñatos de la revista pegaron marcha atrás y desmintieron todo. Que habían sido rumores, que eran todas mulas, en fin. La cosa que el Pedro se quedó tranquilo. Y fijate que ahí yo estuve a ponto pero a punto de decirle algo, pero me callé la boca.
Dijo: “callate Negro, que por ahí la embarrás” y me callé bien la boca. Yo los conozco mucho a los viejos, a la Isabelita, ¿sabés? y preferí quedarme en el molde.
Pero mirá vos, para el tiempo, y esta otra revista empieza con la misma milonga. Con otra mina pero con la misma milonga. Ahora con la loca ésta, la Ivonne Babette, pero con el mismo verso. Que los habían visto juntos, que parecía que el Pedrito se la movía, que qué sé yo. Para colmo la mina ésta que debe ser más rápida... una luz la mina... agarró el bochín y empezó con que estaban perdidamente enamorados, que Pedro era el único amor de su vida, en fin. Se ve que armaron el estofado a partir de esa foto que salió cuando el equipo tenía que viajar a Perú y les sacaron una foto en el aeropuerto cuando justo estaba la reventada ésta que también viajaba en el mismo avión.
Para colmo la mina sale al lado de Pedro. Eran como mil en la delegación pero dio la puta casualidad que esta mina sale junto al Pedro. Y se ve que ahí armaron el estofado. Qua a la mina le viene macanudo, mirá qué novedad.
Y ahí sí, lo agarré al Pedro y le dije: “Pedrito, no hagás declaraciones. No digás ni desmientas nada. Quedate chanta, haceme caso”. Lo corrí un poco con el verso de que él no podía prestarse a ese escándalo, que él tenía que mantenerse por sobre toda esa suciedad, que no tenía que prestarse siquiera a hablar del asunto. Que ya bastante se había ensuciado antes con el balurdo anterior con la Mirna Clay. Y el Pedro me hizo caso. Lo llamaban de los diarios y él decía que no iba a hablar del asunto. Que no insistieran. Y los periodistas, que son lerdos también, se agarraron de eso que “el que calla otorga”. Y dieron el caso como comprobado. Hasta diarios más serios hablaron del caso del Pedro con esta mina. Y la mina ¡para qué te cuento! Inventó cualquier boludez para darle manija al asunto. Cuando el Pedro quiso parar la cosa, ya era demasiado grande y tuvo que quedarse en el molde.
Eso habrá durado un par de semanas. La Isabelita se enojó con el Pedro y casi lo manda a la mierda, los diarios dijeron que esa pelota confirmaba el enganche del Pedro con la Babette ésta, en fin, un quilombo impresionante.
Al domingo siguiente, tenían que jugar en buenos Aires un partido chivo contra Vélez. Y al Pedro lo marca Carpani, un hijo de mil putas que le pega hasta a la madre y este Carpani lo empieza a cargar. Le decía: “¡Qué mierda te vas a voltear vos a esa mina, si vos en tu vida te volteaste ninguna!”, “ya que sos tan macho animate a entrar al área que te voy a romper la gamba en cuatro pedazos”, esas cosas. Y le tocaba el culo. Al final el Pedro, mirá como estaría, le pegó semejante roscazo que le arruinó la jeta. Le puso una quema en medio de la trucha que lo sentó de culo en el punto del penal. ¡Te imaginás lo que fue eso! Que al terrible Carpani, el choma que se comía los pibes crudos, el patrón del área, le pusieran semejante hostia en la propia cancha de Vélez, en el Fortín de Villa Luro. Lo tuvieron que sacar en camilla porque quedó boludo como media hora. Y a Pedro, más bien, tarjeta roja y a los vestuarios. Por primera vez en la vida. pero después me contaba, los de Vélez lo miraban pasar para las duchas y no decían nada, lo miraban nomás. Hasta hubo uno que le dio la mano.
Le dieron pocos partidos. Y volvió en cancha nuestra, contra la lepra. Y ahí se confirmó mi teoría. Era un mundo de gente. Muchos habían ido por el partido, pero muchos habían ido para verlo al Pedro. ¡Y cuando entró... se venía abajo la tribuna, mi viejo! “Y coja, y coja, y coja Pedro, coja” cantaban los negros. Era una locura. “Y pegue, y pegue, y pegue Pedro pegue”. Como será que hasta el Pedro se emociona y se apartó y se apartó de los muchachos para saludar a la hinchada con los dos brazos en alto. Una locura. Ahí empezó a ser ídolo. Ahí empezó. Aunque no me lo reconozca porque nunca volvió a darme demasiada perfecto, viejo. Si no tenés ninguna fulería, si no te han cazado en ningún renuncio... ¿Cómo mierda la gente se va a sentir identificada con vos? ¿Qué tenés en común con los monos de la tribuna? No, mi viejo. Decí que el Pedrito se apioló tarde de cómo viene la mano.

viernes, 25 de enero de 2008

30ª Historia Asesina - "La bestia"

Acá está, inspirado por tu culpa, ja...

"La bestia"

Me levanté tarde, a la madrugada creo, ni me fijé en la hora. Mis ojos cansados se cerraban con el sueño, pero tenía que ir al baño. Abrí la puerta, me lavé un poco la cara, para abrir los ojos y dejar de no mirar con los ojos abiertos. El agua resultó bastante útil en ese sentido pues sumado al calor pesado de ese día, vino bien.
Se me ocurrió, en una de esas mirar hacía el techo. Grande fue mi sorpresa a notar a esa bestia que estaba apoyada contra pared. Sus largas y asquerosas antenas me apuntaban. Sus ojos negros tenían nada más que maldad y sus varios pares de patas lucían amenazadoras y destructivas. Obviamente no pude evitar asustarme y lanzar un grito. Con mucho miedo, retrocedí hacía el estante que estaba detrás mío. Afortunadamente, siempre pongo mi arma ahí, para ese caso de situaciones. Obvio, cuando una va al baño, tiene que estar prevenida de todas las situaciones.
Así fue como me encontré esgrimiendo mi larga arma azul. La bestia se movió un poco más. Ya estaba desesperada, un centímetro más que se acercara, y no dudaría en atacar, para nada.
Apunte. La verdad es que no tenía demasiada experiencia en eso, pero el arma no era tan complicada de usar. Se quitaba un seguro y se apretaba un botón, nada más.
Y ahí me encontré disparándole. Apreté y no solté el botón, dejando correr una gran ráfaga que atacó a la oscura bestia. Ella se inmutó, se retorció un poco y cayó al suelo. No pude evitar gritar, pues en su agonía, sabía que intentaría atacarme para vengarse por lo que había hecho. Y lo hizo, lentamente vi como se acercaba con duro esfuerzo. No lo dude ni un segundo y volví a disparar.
El monstruo cerraba los ojos como ignorando mi ataque. Estaba empecinado en atacarme... y matarme quizá, mientras yo retrocedía. Enseguida detuvo mi retroceso la pared.
Otra vez ataqué, muy asustada. Y me había quedado ya sin proyectiles. Era mi fin.
Cuando se acercaba más y más, levantó una de sus patas. Pero sólo quedó en ese movimiento... La maldita bestia, al fin había muerto.
-¡Nena! ¿Qué hacés? ¿Qué es todo este olor a veneno?
-¡Es que había una cucaracha así de grande! ¡Mirála!
-¡Pero nena! Así vas a terminar vos muerta...
-Bueno, mamá... Era ella o yo...
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Historias Asesinas para Matar el Tiempo by Félix Alejandro Lencinas is licensed under a Creative Commons Atribución-No Comercial 2.5 Argentina License.