martes, 4 de septiembre de 2007

21ª Historia Asesina - "Sábado, 16 de junio de 2068"

Hoy son dos años de algo que marcó mi vida y que me afectó durante mucho tiempo. Durante tanto tiempo luchando contra pasiones, amistades, esperanzas y frustraciones. Este fue el final, digamoslo, que imaginé para esa historia. Pero hoy ha cambiado, hoy ya no es el mismo. Algún día relataré la historia del ángel que me salvó del abismo oscuro del que formaba parte mi vida.

“Sábado, 16 de junio de 2068”

Dicen que las historias no se repiten, si no que continúan. Mucho tiempo después me di cuenta por qué.
No sé cómo llegué hasta ese lugar. De repente sentí la necesidad de hacerlo. Con los años he aprendido que los movimientos que hace la consciencia hay que respetarlos, porque hablan de lo que no podemos o queremos decir o hacer.
Mi conciencia había dejado a mi mujer en su casa y a mis nietos que jugaban con esos artilugios que no entiendo. Son muy complicados, no son como en mi época, en la cual uno tenía la Playstation 1 o como mucho la 2, ponías el Winning Eleven, agarrabas el joystick y apretabas los botones. O tenía el Messenger para chatear con algún contacto, tecleando algún rato y simplemente esp. Ahora con eso de la realidad virtual y no sé que otro coso técnico se puede viajar y tele-transportarse. No, en mi época sólo había aviones que nos llevaban de un lugar a otro en horas o días. Ahora en segundos podés ir donde quieras.
Bueno, por lo menos para ir, había llevado mi discman. Y escuchaba tranquilo a Catupecu Machu. Mis nietos los odian. Me dicen apenas saco el disco compacto: “Uh, ya viene el abuelo con su música de viejo”. No entiendo. Yo me quedo con esto, porque no entiendo su música, fría, metálica y sin espíritu. Eso es algo que tenían Fernando y los chicos cuando cantaban. Esa música de ahora, realmente no la entiendo.
Recuerdo que ese día encontré mi vieja colección de CDs. Todos en su cajita, con su librito con las letras. Estaban bien cuidados, ninguno se había rayado. La pequeña Sabrina, mi nietita, me pregunta:
—¿Qué es eso, abuelo?
—¿Esto? Es un compact disc.
—¿Y para qué sirve?
—Para escuchar música.
—¿Con eso? —dijo con cara extrañada.
—Sí, con esto
—Guau… ¿Y cómo hacían?
Entonces tomé el empolvado discman, que estaba guardado en otra caja. Lo conecté y le puse los auriculares en sus oídos. Sorprendida, escuchaba un CD de Árbol.
—¡Uh! Pero esta música es re vieja…
—Sí, es de mi época.
—Uh… Pero es muy complicado. Mmm… No me gusta…
—Bueno, no importa. Dame eso que lo guardo.
Y entonces lo guardé, con algo de lástima.
Y junto a la caja con los CDs y el discman, encontré otra caja. Esa, que había guardado durante mucho tiempo y que en tiempos de juventud juré nunca más abrir porque traía recuerdos lastimosos que herían a mi corazón. Obvio que después la conocí a Marina y todo ese panorama cambió. Pero me dio un poco de lástima tener que tirar todos esos recuerdos. Entonces sólo los oculté.
Me senté junto a la caja. Sabrina, con esa naturaleza inquisitiva propia de un niño, me preguntó que tenía ahí guardado. Sonreí y le dije: “algo lindo”. Vení, mirá.
Entonces, se acercó, se puso al lado mío y se sentó.
—Mirá —le dije extendiéndole una hoja.
Ya era demasiado para ella ver una hoja de papel hecha de árbol. Ahora escribían en unos paneles digitales. Por suerte, digo al cielo, todavía los hacen escribir con sus propias manos.
El payaso descolorido por los años aún estaba en esa hoja que había recibido hace tiempo. El tipo aún con esa sonrisa sostenía esa corneta con la cual había nacido para ser regalado. Sabrina lo miró con mucha atención y exclamó que era muy lindo.
—¿Lo hiciste vos, abuelo?
—No, no lo hice yo.
—¿Quién entonces?
—Eh… Una amiga.
—¿La abuela?
—No.
—¿Quién era?
—Se llamaba igual que vos.
—¿Sabrina?
—Sí.
Entonces Sabrina tomó el dibujo y vio en su reverso la dedicatoria diciendo:
“Este es mi dibujo para vos, no tenés “cara” de payaso, pero como vos me decís me río de todas las cosas que decís. No cambies nunca porque sos una de las personas que me hace reír y pasar mejor el día.”.
—¿Quién era ella?
—Ya te dije, una amiga.
—Ah… ¿Y te regaló ese dibujo nomás?
—Mmm… No sé… A ver…
Realmente tenía la duda. Había pasado tanto tiempo que no me acordaba, así que busqué en la cajita para ver si había otro.
—¿Ese no es otro? —dijo mi nietita que ahora prestaba mucha atención.
—Eh, sí… Pero tiene algo más…
—¿Qué dice?
—“¡Holis! Te deseo un muy ¡feliz cumpleaños! Te quiero mucho y no te olvides de pedir los 3 deseos, y espero que los mismos se cumplan. Te súper-súper quiero mucho muchísimo. Yo Sabri.”. Eso dice.
—Ay, qué lindo dibujo…
—Sí, ¿viste?
—Sí… Además en papel es más lindo.
—Sí —dije embobado porque estaba viajando entre cada una de las letras que estaban escritas sobre el papel. En cada una de ellas recordaba cada momento que había pasado. Y como todo viejo, me agarró la nostalgia del pasado.
—¿Estás bien, abuelo?
—Sí.
Fue en eso cuando su hermano, Emilio, apareció en donde estábamos.
—Sabrina, dijo la abuela que vengas a tomar la leche.
Sabrina me miró con algo de dudas, pero yo la miré asintiendo y ella se fue con su hermano a tomar la merienda.
Miré otra carta de ella. Escrita con lapicera dorada, que aún conservaba a duras penas ese color.

Para ti…

“Hoy estoy aquí
recordando algunos momentos
que contigo compartí.
Sabés muy bien lo que pienso de ti
y te ofrezco mi ayuda para que puedas seguir.
Eres una de las personas que más quiero
Eres una persona que jamás olvidaré.
Recuerda que el tiempo puede llevarlo todo
menos podrá llevar el inmenso cariño
que siento yo por ti.
Eres algo demasiado especial.
Conmigo estás siempre y mucho más.
La amistad que nos une no morirá jamás
porque estás dentro de mí y de allí
nunca te podré sacar.
Sos de fierro, de oro y de cobre…tu corazón es de piedra y mar
dentro de él hay calma y firmeza
que siempre me ayuda a levantar.
Te deseo éxitos en la vida
en lo que emprendas y lo que vendrá
espero que esta hermosa compañía
no se termine nunca más
Sos y serás un amigo de verdad
te quiero en el pasado, futuro
y en ésta realidad.”

Para Felu de Sabri

Dejé caer una lágrima de mis ojos. Ya no recordaba nada de eso o al menos, había estado mucho tiempo en mi alma guardado sin salir. Y sin embargo no sentí tristeza. Y no la había sentido desde aquél día, hace tanto tiempo.
Fue entonces cuando decidí irme a caminar con mi armatoste de música viejo. Llegué a la plaza Martín Fierro. Y recordé las fechas y entendí el por qué de ese golpe de nostalgia. Hacía sesenta y un años que te dejé en aquel banco de la plaza frío. Te recordé sentada sobre el banco como una india, como dicen en el jardín de infantes, porque hacía frío. Yo estaba sentado mirando las hojas del otoño que se iba y del invierno que se venía. Mientras mis labios confesaban con dificultad todo lo que pasaba, lo que me pasaba y lo que pasaría.
Y mis recuerdos me llevaron a ese banco. Ahora con 78 años, todo parecía tan distinto. Todavía recordaba, de todas formas, el barro de la cancha de fútbol. Los chicos que gritaban y al joven Jonatan paseando su perra labradora.
Después recuerdo que me iba, corriendo como un estúpido, pero luego teniendo que volver porque tenía algo que te pertenecía, tu teléfono celular. Pero vos te quedaste con algo que me pertenecía, mi amor y mi corazón. Me pregunté si aún los conservabas o si los habías tirado apenas eché de nuevo mi lenta carrera hacia no sé dónde.
Aún me preguntaba, aún después de tanto tiempo qué habías hecho con mi corazón. Pero la pregunta fue interrumpida con un pelotazo que estuvo cerca de mí.
—¿Señor? ¿Me pasa la pelota?
Con benevolencia y algo de esfuerzo, me acerqué hasta la pelota y la pateé hasta el chico.
—¡Gracias!
Cuando iba a volver a mis pensamientos, otro grito de niño me desconcentró. Pero este era conocido.
—¡Abuelo! —gritó Emilio que venía corriendo junto con Sabrina.
—¿Qué hacen acá?
—Vinimos con mamá.
Entonces vi a mi hija que venía a paso más lento, por el mismo camino de los chicos. Los chicos parecía que conocían al chico de la pelota y fueron a hablarle.
—¿Qué hacés acá papá?
—Nada. Recordando.
—Me dijo Sabrina que estabas mirando unos dibujos y no sé qué. Y que después te notó como raro.
—Ah, nada. Unas cosas que le mostré. Vos sabés, los viejos nos ponemos melancólicos y nada.
—¿Por eso escuchando Catupecu Machu? ¿Recordando viejos tiempos?
—Mmm… Sí…
Mis nietos, ahora jugaban con el chico de la pelota, pasándosela de mano en mano y gritando no sé qué, porque en seguida algo me interrumpió otra vez mi análisis sensorial.
—¡Félix! —dijo una mujer.
Pensé al instante que se refería a mí, pero luego me di cuenta que no era yo a quien llamaba, si no al niño de la pelota, ya que este había contestado al grito.
—Uh, abuela…
—Dale, Felu, nos tenemos que ir. Tu papá debe estar por llegar y vos tenés que bañarte. Saludá a los chicos y vamos.
—¡Pero abu!
—Pero nada, Félix. Vamos.
—Está bien.
Entonces el niño, con esa cara de desilusión infantil que sólo tienen ellos cuando se les corta algo tan importante como un juego, fue hasta donde mis nietos y los saludó.
—Vamos —dijo la mujer, que creo que tendría mi edad.
—Abu…
—¡Sin peros, Felu!
Entonces ella vio que miró a mis nietitos que se iban. Y me vio a mí. Y sentí, estremecido y algo nervioso también, que me miró.
Yo la miré. Y de repente sentí que nos conocíamos. Sólo conocía una persona que usaba la palabra Felu para llamar a un Félix. Y entonces estaba seguro de que era ella.
Extendió su mano en el aire y me regaló un saludo. Yo no atiné a hacer nada, pues no sabía qué hacer. No sabía si responder desde lo lejos o si acercarme y hablarle. No sabía, como cuando era un simple adolescente y no sabía sí hablarle o no. Me sentía igual.
—Vengan, chicos, vamos a comprar algo para comer —dijo su madre a mis nietos.
Ellos acudieron enseguida a ella y se fueron al quiosco de la esquina de la plaza. Yo los vi alejarse y cuando miré hacía adelante, no atiné a hacer otra cosa que pararme al notar que ella estaba frente a mí.
—Hola —dije.
—Hola… Tanto tiempo, ¿no?
—Sí.
—Hoy son sesenta y un años.
—¿Te acordás?
—Claro.
—Yo también, es más…
—Sí, ya sé. ¿Querés tu corazón de vuelta?
Esa pregunta me dejó helado.
—¿Qué? —dije atónito.
—Sí querés tu corazón de vuelta. Me lo dejaste el día que te fuiste y yo lo cuidé como si fuera mi vida propia. Y está intacto y bien cuidado. Pero quería saber si querías de vuelta.
—¿De vuelta? No sé… Realmente quiero que esté con vos. Porque eso me hace feliz, estar con vos.
—¿En serio? Seguís siendo el mismo divino de siempre, ¿sabés?
—Bueno, estoy más viejo, pero creo que soy el mismo, ¿no?
—Sí, claro —dijo riendo.
—Quedátelo. Es tuyo. No lo quiero de vuelta, sólo quería saber si lo conservabas.
—Lo conservo dentro de mí y lo conservaré hasta que me muera.
—Gracias.
—¿Vos cuidaste el mío?
Enseguida me sorprendí.
—¿Cómo? —dije enseguida.
—Sí cuidaste mi corazón. Yo te lo di ese día, antes de irnos, porque sabía lo que iba a pasar. Cuando te di el celular, después te di mi corazón para que lo guardaras.
Nunca me había percatado de eso. Pero a la vez explicó muchas cosas. Y entendí porque estuve tan tranquilo, tan en paz conmigo mismo y tan protegido. Ella me había estado cuidando y estuvo conmigo todo ese tiempo. Y cuando metí mi mano en mi bolsillo, sentí su corazón que latía y me regalaba un beso. Como cuando era esa bella jovencita, con sus cabellos negros y sus ojos de cristal blanco. Como cuando yo sentí que la amaba como si fuera lo único bello de este mundo en decadencia. Y me di cuenta que nunca nos separamos.
—Claro que lo cuidé —dije enseguida—. Todo este tiempo estuvo conmigo y nunca lo pude olvidar.
Entonces sólo me regaló otra de sus hermosas sonrisas, de esas que yo nunca pude olvidar, pegó la media vuelta y se fue con mi tocayo.
—¿Quién era ese señor, abu? —dijo el niño.
—Mmm… Un amigo de hace mucho tiempo.
—¿Sí? ¿Y qué quería?
—Nada, quería preguntarme algo.
—¿Qué cosa?
—Si tenía algo que era de él. Y si se lo podía cuidar.
—¿Y lo tenías?
—Sí, lo tenía yo.
—¿Y lo cuidaste?
—Lo estoy haciendo ahora mismo, Felu —y luego suspiró—. Porque tampoco puedo vivir sin cuidar eso que es suyo. Porque no puedo vivir sin él.
Y esa fue la última vez que la vi en toda mi vida. Pero desde que me dio su corazón ese día, sentí que la historia continuó y que nunca terminó. Y estoy seguro que continuará hasta el fin de nuestros días. Porque hasta ese entonces guardaré su corazón dentro de mí.

4 ya han matado el tiempo:

Gustavo dijo...

Felix yo siemprre leo aunque a veces no comente, por eso te ganaste el premio Mejor" Blog para que te Asesinen Historias", ahora el desafio es que hagas una historia en el que incluyas los 7 blogs que mas te gustan de alguna manera y que no sea forzada...(asi aprendes a escribir a pedido, porque si no te vas a morir de hambre)

Rodolfo dijo...

Felix hace tiempo no entro a leer Historias Asesinas para Matar el Tiempo.
Desde aquel primer mensaje que le escribí dando consejos para reforzar sobre su clara trayectoria como escritor.
Hay momentos que impacta la idea desde el inicio.
Sabrá a este tiempo que siempre es difícil mantener el ritmo de la narración.
Pero no se olvide de ir variando la sorpresa a medida que avance en la historia.
Vuelva sobre los pasos y verifique donde se paraliza el movimiento de la narración.
Donde se llega sin respiraciones esas la que mantiene el asombro.
para mantener el asombro.
Felix usted sabe y no hace falta que se lo recuerde, el escritor suda para lograr su música y su propia letra. 99 por ciento de sudor y el 1 por ciento de inspiración. Sigamos estamos en el camino correcto.

mar dijo...

Que lindo!!
Me entristeció... pero bien, extraña melancolía
Te mando saludos

yo misma dijo...

ahhhh nene me mori de amor y de todo!!!! me hizo acordar a la cancion de mi caramelo de la versuit....me entristecio mucho tambien.
Te felicito! atrapo toda mi atencion este cuento....de verdad muy muy bueno.
Besos

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Historias Asesinas para Matar el Tiempo by Félix Alejandro Lencinas is licensed under a Creative Commons Atribución-No Comercial 2.5 Argentina License.