miércoles, 19 de marzo de 2008

36ª Historia Asesina - Zapatos rotos o una historia de desidias

Una historia de pobreza, desidia y pasado.

"Zapatos rotos o una historia de desidias"

Llegó del colegio, como siempre. La tarea de civica y de matemática dejaron de estar en su cabeza, porque cuando llegó otros pensamientos llegaron. Era la hora de comer.
-Mamá, ya llegué -dijo.
Pero no obtuvo respuesta. "Raro", pensó. No estaba ni ella, ni sus hermanitos. Tenía hambre, así que decidió cocinarse él mismo con lo que encontró en la alacena. Un guiso haría de buen almuerzo, además de que no era la primera vez que le tocaba cocinarse.
Se sentó a la mesa, y se miró los pies. Sus zapatos de cuero daban lástima, tendrían como mínimo unos diez años, seguramente llegaron a sus pies después de que dos o tres de sus hermanos mayores los usaran. Movió los dedos y de repente pareció que hablaban. Porque ahora tenían una boca formada por el movimiento de los dedos y la rotura de la punta.

"No... Más mala suerte no puedo tener"...

Terminó de comer. Sacó un poco de agua de la bomba de afuera y lavó los utensillos que usó para cocinar con ella. Después guardó todo y se sentó de nuevo en la mesa.
Había un silencio inusual. Siempre estaba el griterio por ahí de los hermanos, de la madre, o de quien fuese. Pero ahora no había nada.
Hizo la tarea de matemática, algo en lo que era bueno. La verdad es que nunca le había costado ir al colegio. Y hasta le gustaba. Quién sabe, quizás estudiando podía salir de toda esa miseria y ser alguien mejor que sus padres.

Ya eran las ocho de la noche. Y nadie se aparecía. No había nadie ni nada. Estaba realmente sólo. Aunque toda la vida había sido así, en casa y con más de doce hermanos, cada uno hacía su vida por su lado, como podía y como quería. Incluso uno de sus hermanos, cuando vivían en la vieja casa de Avellaneda, había dejado a su familia para irse a vivir con el dueño del almacén en el que trabajaba. Ahora, en Bosques, la cosa no era muy distinta, y había incluso nuevos hermanos. Y la verdad que aunque estuviera su madre o no, él hacia cómo podía las cosas. Y hasta había seguido la secundaria no porque lo habían obligado sino porque así él lo había querido. Entonces, era lo mismo, pero ahora no estaba el bullicio de siempre.

Al día siguiente apareció en el colegio como siempre. Las clases de siempre, como siempre. Y avergonzado, trataba de esconder sus zapatos rotos, para que no se dieran cuenta los demás. Por eso ni se movió ese día. Y cuando fue la hora de salir, salió rápido para que nadie lo viera.

Esa tarde, nadie apareció en casa. Y tampoco al día siguiente. Ni al otro.

"¿Dónde estaban todos?", preguntó cuando habían ya pasado quince días. Hace dos había tomado la decisión de dejar la escuela y buscarse un trabajo, porque ya no había nada para comer. Luz ya no tenía, se la habían cortado hace cinco días, e intentaba hacer su tarea con la luz de las velas.
-¿Pero cómo vas a dejar...? -le dijeron sus compañeros cuando anunció su deserción- ¡Falta un año nomás!

Pero es que ni para velas tenía ya, era más importante sobrevivir ahora.

Empezó trabajando limpiando un edificio de oficinas a la noche, pagaban mal, pero era más importante sobrevivir ahora.

Al mes, cuando se fue a vivir a la casa de uno de sus hermanos mayores que de casualidad lo encontró solo y en la más completa oscuridad de la casa, se enteró de que mamá y sus hermanitos se fueron todos para corrientes. Y que papá estaba viviendo solo en una casilla allá por Berazategui. Y bueno, como siempre lo fue, era más importante sobrevivir ahora.

Y bueno, sobrevivió nomás.

Cuando terminó de escribir esta historia, unos cuantos años después, se acordó de la película Mi Pobre Angelito, cuando la vio con sus propios hijos. Él había vivido una versión más trágica de la misma historia de desidia y olvido. Y cómo era un joven ingenuo, con zapatos rotos y hambre, quizás por eso su familia nunca volvió el día de Navidad a abrazarlo. O quizás porque nunca lo habían abrazado.

O quizás porque nunca tuvo familia.

O quizás porque sus zapatos reparados y los abrazos llegarían quizás mucho tiempo después.

3 ya han matado el tiempo:

Germán dijo...

Me gustó mucho! Sobre todo el final
"O quizás porque sus zapatos reparados y los abrazos llegarían quizás mucho tiempo después."

Eso estuvo excelente! ;)

Fidelino dijo...

Buenisimo!!.
La de mi pobre angelito es la version guituda de esta jeejeje es como los autos chinos esta copian los mercedes benz pero son re truchos!!!.
Menos mal que apensa llego me saco los zapatos es lo primero que hago...
Ahhh ERAMOS TAN POBRES!!!.

SeBa! dijo...

Muy buena historia... me gustó mucho.

Contada al mejor estilo "Felixiano", como ya nos tenés acostumbrados... La cagada de eso es que el público cada vez espera más y más y la exigencia por superar lo anterior se vuelve insoportable. No es tu caso, como veo.

Un abrazo!

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Historias Asesinas para Matar el Tiempo by Félix Alejandro Lencinas is licensed under a Creative Commons Atribución-No Comercial 2.5 Argentina License.