martes, 24 de marzo de 2009

54ª Historia Asesina - Vacíos lluviosos (2º parte)

(1º parte aquí)

Había hecho muchos amigos en aquel tiempo, pero la persona con la que mejor me llevé era con la que menos cosas teníamos en común: Silvina. Silvina tenía cinco años más que yo y era una mujer petisita, de voz finita y tez oscura. Tenía un pelo lacio que apenas le tocaba los hombros, una nariz puntiaguda y unos ojos medio achinados. Como a veces se ponía en el pelo unos palitos, una de las chicas le decía “la chinita”. Y yo me reía siempre de eso, porque ella se enojaba. Yo la llamaba por el nombre, pero cuando ella me empezó a llamar “peque” por mi edad, yo la empecé a llamar “petisa” por su altura, mostrándole que los dos éramos chicos de alguna manera.

Silvina era de esas personas muy sociables y en esto éramos en lo que más diferíamos. Siempre fui de esas personas a la que le cuesta darse con los demás, siempre fui un introvertido, tímido al extremo de ser antisocial y de no hablar si no me hablan. Pero ella no. Ella iba a hablar con cualquiera que estuviera cerca, siempre con una sonrisa. Y esa sonrisa estaba siempre, si te decía algo bueno o algo malo, algo con saña y malicia o algo dulce y tierno. Su sonrisa era una constante.

Lo que nos llevó a unirnos fue, básicamente, que compartíamos transporte porque ambos vivíamos en Claypole. La conocí el día de la inducción al empleo en Edesur y desde entonces volvíamos siempre juntos, porque ella trabajaba dos horas más que yo y entonces entraba más temprano que yo por esa cantidad de tiempo. Y siempre volvíamos juntos, excepto los jueves que yo volvía solo porque ella tenía franco y los sábados ella iba sola, porque yo tenía franco. El domingo ninguno de los dos trabajaba.

Al principio hablábamos de tonterías, cosas bastante superficiales del laburo. Pero con el tiempo nos fuimos abriendo y le conté cosas que sólo le cuento a pocas personas que conozco. Empezamos a hablar de la vida, de la sociedad, le leí una vez un cuento de Borges en el medio del colectivo. O leíamos la revista Barcelona que yo compraba cada tanto. Otra noche compartimos auriculares escuchando a Sumo. A veces me cagaba a pedos como si fuera mi vieja por cosas que decía. Había noches en que nos convertíamos en filósofos. Y así, de a poco fuimos ahondando en otros temas, y ella también empezó a contarme varias cosas de su vida, pero otras quedan aún en el misterio. Tenía una hija, pero no estaba casada. Era madre soltera, y sólo por algunos comentarios que me hizo alguna vez, llegué a conjeturar que el padre estuvo preso y luego murió por alguna razón. Pero nunca me animé a preguntarle nada y a su hija la conocí mucho después cuando ya ninguno de los dos trabajaba en ese nefasto lugar.

Un día que viajábamos en el 79 de vuelta a casa se apoyó sobre mi hombro para echarse a dormir. Pero luego se quitó. Le pregunté por qué lo había hecho y me respondió porque no quería molestarme. Enseguida le dije que no me molestaba y por dentro sabía que me gustaba que ella “me usara de almohada” como le decía yo bromeando. Era una forma rara de cariño, porque a pesar de que parezca una tontería, uno no se apoya en el hombro de cualquiera para dormir un poco. Entonces le pasé mi brazo por sobre su cuello hasta tocarle el hombro con mi mano y la acerqué a mi propio hombro y se durmió.

Desde aquel día, ya no hubo que preguntar ni decir nada, cuando se acercaba yo la tomaba y ella se dormía sobre mi hombro. Un día, no sé por qué, me tomó la mano. De a tantos me la acariciaba. Y a veces sus manos sudaban. Pero a mí no me importaba. Me gustaba que me tomase la mano. Obviamente que todo esto no pasaba desapercibido, pero yo intentaba no darle mucha relevancia. Pero si algo era seguro era que a Silvina yo la quería. Era un vínculo especial que no llevaba con nadie hace mucho tiempo. Era mi amiga, mi mejor amiga de aquél entonces.

Llegué a sentir algo de amor por ella, pero era platónico más que nada. Después de tener la cabeza cansada por tanto grito al oído era lindo tener alguien con quien por compartir el camino de regreso y descansar. Un día recuerdo que discutió fuertemente por quién era su ¿novio, amante? en aquel entonces por teléfono celular. Cuando subimos al colectivo, terminó llorando y yo como pude la consolé. Ese día me agarró muy fuerte la mano y yo la abracé todo lo que pude. Traté de darle ánimos vacíos, que sabía que no iban a funcionar, porque por experiencia propia lo sé que en esas situaciones, no funcionan; por más que uno esté diciendo una verdad universal matemáticamente comprobada.

Un día llegué al edificio donde trabajábamos y no la encontré donde solía estar. Ese día era el último según el contrato que habíamos firmado y a ella no se lo habían renovado. Y a mí sí. Con un vacío en el pecho me senté nuevamente a recibir quejas. Un vacío amargo y gris, como si lloviera dentro mío apareció durante esa noche y los subsiguientes días.

(3º parte aquí)

3 ya han matado el tiempo:

Pedro dijo...

que buena historia! como para pegarse un tiro y volverse a morir.

フェリクス dijo...

Pedro: Gracias... Bah... ¿Eso fue un halago?

Arrancacorazones dijo...
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Historias Asesinas para Matar el Tiempo by Félix Alejandro Lencinas is licensed under a Creative Commons Atribución-No Comercial 2.5 Argentina License.